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LAS VÍSPERAS
febrero 19, 2008
EL PJ: LA CASA COMÚN
Pocos meses después de la elección en la cual resultaron triunfantes, difícilmente los Kirchner podrían perder una elección interna en el PJ, aún con los padrones actualizados. O sea que la presidencia eventual de Kirchner al frente del PJ no es el punto ni la manzana de la discordia, sino su insistencia en evitar líneas internas de ideas opuestas a las suyas dentro de un partido que pretende convertir en el eje de un frente socialista. En esta posición kirchnerista se observan dos problemas superpuestos que, sin embargo, conviene discutir por separado.
La primera discusión se refiere a la organización democrática y a cómo Kirchner puede optar honorablemente por ésta o persistir en la equivocada actitud del vivo local, que le puede traer predominancia hoy, pero sólo desdichas mañana. El PJ debe incluir todas las corrientes, incluso la kirchnerista y también las más izquierdistas, como la de Pino Solanas, por la simple razón de que el PJ es de todos. “Mi único heredero es el pueblo”, dijo el General, y no hay más que discutir: el PJ es de todos y los dirigentes se eligen en internas; y sí, el gana gobierna y el que pierde acompaña. Esta discusión, como de costumbre, continua y se dirime, como todas las discusiones exclusivamente peronistas, en la bolsa de gatos, ya sea en la bolsa chica de un PJ kirchnerizado o en la bolsa más grande de los dos PJ en pugna, el kirchnerista y el paralelo o disidente.
La segunda discusión interesa en cambio a la sociedad en general, que precisa un orden institucional donde las opciones políticas se desplieguen con claridad. En este sentido, el reclamo cada vez más generalizado de un sistema bipartidista parece indicar que los argentinos preferirían contar con dos partidos fuertes, flexibles y elásticos en lo interno, más que con partidos débiles cuya única fuerza sería la de constituir frentes electorales. Si la opción es entonces por el bipartidismo, el problema a resolver tanto en el PJ como en el Partido Radical, el de la democracia interna y la flexibilidad para aceptar la puja de proyectos disímiles. Esta flexibilidad interna, que obligaría a la permanente batalla interna por las ideas y las posiciones, daría al país un muestrario de opciones políticas amplias y variadas, con dirigencias permanentemente renovadas dentro del orden institucional del partido. Repetida en los dos partidos, esta misma flexibilidad haría posible concentrar la participación política de actores disímiles en ambos partidos, no enraizando ninguno de los dos durante demasiado tiempo en ninguna posición. O sea, un férreo bipartidismo para lograr el más alto movimientismo.
Es este tema de la flexibilización el más difícil de entender para Néstor Kirchner, de espíritu controlador, autoritario, centralista y, básicamente, antidemocrático. Es sobre este punto que la dirigencia peronista que se le opone debería alertar a la comunidad, porque va en contra, no ya de los intereses de los peronistas opositores a Kirchner, sino del más alto interés de la comunidad, que merece lo mejor en ideas y en dirigencias renovables.
febrero 14, 2008
LA MILITANCIA POLÍTICA PUEDE VOLVER A ENAMORAR(NOS)? por Víctor Eduardo Lapegna
Cualesquiera haya sido la organización y la corriente ideológica a la que adherimos en aquellos inicios, teníamos en común una convicción: estábamos adoptando un compromiso político que nos convertía en protagonistas de un proceso revolucionario, trascendente y colectivo que cambiaría al país y al mundo.
Ni siquiera nos pasaba por la cabeza recibir alguna compensación material por una militancia que forjaría una Argentina grande y un pueblo feliz, objetivos tan grandiosos que tornaban insignificante cualquier recompensa personal que pudiéramos obtener en el camino y repudiable todo rasgo de individualismo por ser una “desviación pequeño burguesa”.
No concebíamos a la militancia política como una vía de acceso al bienestar económico para nosotros y para nuestras familias o para conseguir prestigio social y sólo era aceptable alcanzar cierta fama si era un resultado - no buscado explícitamente - de un comportamiento heroico, que llegaba al sacrificio de la libertad o de la propia vida.
En otros términos, desde principios de la década de 1960 y hasta comienzos de los ´80, la militancia política, en tanto decisión personal de acción colectiva, era una opción elegida por quienes no teníamos ninguna pretensión de llegar a ser “ricos y famosos”, dado que éramos – o al menos, creíamos ser - actores de una epopeya que dotaba de sentido trascendente a nuestra vida y todo lo demás venía por añadidura.
Nací y crecí en una familia de clase media, primero en la ciudad de Buenos Aires y después en Rosario y recuerdo que quienes eran nuestro entorno y no adherían a la vocación militante que compartíamos con tantos jóvenes que hace 40 o 30 años iniciábamos nuestra vida política, nos consideraban unos ilusos que pretendíamos una transformación imposible, “idiotas útiles” de ciertos centros de poder que se aprovechaban de nuestra falta de experiencia o “diletantes” de una actividad que nos hacía perder un tiempo que mejor haríamos en dedicarlo a estudiar o a trabajar. Pero no recuerdo que nadie nos señalara por ser parte de un ambiente corrupto o nos acusara de trepadores que queríamos usar a la política para nuestro bienestar personal.
Es evidente que la realidad de hoy es del todo diferente a la de entonces, pero no quiero detenerme a considerar aquí lo que sucedió en la Argentina en estos años y de que modo ese proceso histórico nos afectó a quienes nos integramos a las nutridas columnas de la militancia política en las décadas de los ´60 y de los ´70.
Tampoco quisiera caer en una inconducente nostalgia del pasado o presentar una imagen idílica de aquellos años, que no se corresponde con la realidad que vivimos.
Al menos corresponde admitir que aquella experiencia militante estuvo signada por una soberbia ideológica y una intransigente intolerancia a la alteridad que, entre otros efectos nocivos, nos condujo a aceptar que el ejercicio de la violencia era un recurso legítimo para dirimir los conflictos propios de toda vida en comunidad y a subestimar el valor de la libertad, comenzando con la propia.
Pero lo que busco con este escrito no es intentar un balance de aquellos tiempos sino, apenas, recordarles a las compañeras y compañeros que lleguen a leerlo y que hayan compartido aquella experiencia, que hubo un tiempo no tan lejano en el que estábamos enamorados de una militancia política que dotaba de sentido trascendente a nuestra vida, en tanto formábamos parte de una epopeya colectiva que llevaría a lograr la felicidad del pueblo y la grandeza de la patria.
Mi intención es invitarles a preguntarse si la militancia política puede volver a enamorar (nos) y a tratar de discernir lo que debería suceder en la realidad contextual y en nosotros mismos para que así sea.
Confieso que, en mí, la pregunta es algo tramposa ya que, habiendo cumplido 60 años de los que dediqué 46 a una militancia más o menos orgánica e ininterrumpida, sigo enamorado de la política como cuando me inicié en ella, aunque de un modo diferente. De modo que yo ya tengo una respuesta afirmativa al interrogante del título, sin que eso implique que no sea un duro crítico a las formas y los contenidos actuales de la política argentina en general y de la política peronista, que es la mía, en particular.
Pero debo aceptar que se me considera una suerte de dinosaurio y, por ejemplo, también sigo tan enamorado de mi esposa como cuando la conocí hace 40 años o cuando me casé con ella, hace 37 y aunque el tiempo transcurrido llevó a que ese amor sea hoy diferente de cómo era hace 35 o 40 años, no por eso es menos intenso y profundo. Y lo que aquí digo del amor por mi esposa también puedo decirlo de mi amor por la militancia política.
Aún cuando se me tenga por un raro sobreviviente de una especie ya extinguida, tengo la sospecha que en toda la Argentina somos miles de mujeres y hombres los que compartimos aquella experiencia militante sesentista y setentista y que guardamos en nuestro espíritu, al menos, el rescoldo de aquella llama que en nuestros corazones supieron encender Perón y Evita.
Debo decir que, en cierta medida, la redacción de este artículo me fue suscitada por la anunciada perspectiva de reorganización del Partido Justicialista, aunque no soy ingenuo y tengo bastante claro que los intereses, alcances, métodos y objetivos de quienes conducen y promueven ese proceso no son los míos.
No obstante, también creo que por arriba y por debajo de esos conductores y promotores, seguimos existiendo los peronistas y aunque se nos quiera mantener como convidados de piedra en esa amañada reorganización del PJ, no me parece imposible que a esas cúpulas, en cierta medida y contra su voluntad, les pueda suceder lo que al aprendiz de hechicero, quien puso en marcha fuerzas que después no pudo controlar (¿recuerdan al Ratón Mickey en la película de Walt Disney?).
Es desde esa perspectiva que me propuse tratar de indagar, en el modesto alcance de mis posibilidades, cuantos y quienes somos las compañeras y los compañeros que, formulada que sea la pregunta del título, podemos tratar de darle una respuesta afirmativa pensando, debatiendo, acordando y poniendo en marcha condiciones propicias en la realidad general y en nuestra interioridad, que hagan que la militancia política en el peronismo nos vuelva a enamorar y así contribuyamos a modificar esta Argentina decadente que nos duele cada día.
velapegna@yahoo.com.ar
febrero 12, 2008
SITUACIÓN DEL PERONISMO por Claudio Chaves
No les preocupa la legitimidad de las futuras autoridades partidarias ni les quita el sueño su origen espurio puesto que los que participarán del “nuevo” PJ serán aquellos cuya representatividad ha sido otorgada por el voto ciudadano el 28 de octubre(Kunkel Debate 26/1/08). Así estamos según las últimas declaraciones de los responsables o irresponsables del nuevo armado.
HAGAMOS UN POCO DE HISTORIA
El peronismo nació de manera súbita. Se hizo presente de golpe. Inesperadamente. Precisamente el día que el Coronel arribó a la Secretaría de Trabajo desde donde desarrolló su obra de reivindicación social. Todo el año 44 fue su carta de presentación. En una gigantesca movida de realizaciones, decretos, leyes, encuentros, concentraciones y discursos, Perón, desplegó su programa y su proyecto. El tomo 6 de sus obras completas revela la formidable labor desarrollada por el Coronel en dicho año.
En los discursos y ponencias ante concentraciones obreras el lector puede hallar los fundamentos de lo que sería a futuro la doctrina peronista. Luego vino el 17 de octubre, movilización absolutamente espontánea, vale recordar y finalmente enancado en esa formidable ola popular, su triunfo electoral de febrero del 46 con el 54,8 % de los votos y un escasísimo ausentismo, como no se había dado hasta el momento lo que le daba a Perón una extraordinaria legitimidad.
El triunfo electoral se canalizó por medio de dos agrupaciones políticas y un partido. En una palabra tres boletas con el mismo candidato.
La Unión Cívica Junta Renovadora, los Centros Cívicos y el Partido Laborista, este último, fundado el 24 de octubre de 1945.
El 71% de los votos recibidos por Perón vinieron de la boleta laborista. Con estas fuerzas llegó al poder. Su primer Gabinete expresaba, aproximadamente, esta alianza.
Cuando faltaban pocos días para asumir, el 23 de mayo de 1946 Perón acompañado del vicepresidente, del gobernador de la provincia de Buenos Aires, algunos senadores y diputados lee por radio una proclama que entre otras cosas decía:
“Caducan en toda la República las autoridades partidarias actuales de todas las fuerzas que pertenecen al movimiento peronista.
Como Jefe, encargo en la fecha a los camaradas legisladores, que forman las autoridades (mesas directivas y presidentes de bloques) de ambas Cámaras legislativas nacionales, la organización de todas las fuerzas peronistas como Partido Único de la Revolución Nacional.”[1]
Se le hacía imperativo al Presidente Perón zafar del cordón de acero tendido por el proletariado. Para lograrlo había que disolver al laborismo que le había dado el 71% de los votos.
Al poco andar el Partido Único se transformó en Partido Peronista. Así de esta manera con funcionarios públicos elegidos en las elecciones del 46 y desde el centro del Estado nació esta nueva formación política. Esta impronta no se pudo olvidar jamás. Lleva la indeleble marca de ser una agrupación del poder y para el poder.
¿Es esto bueno? ¿Es malo? No se. Es así.
Tan importante fue el peso de los funcionarios del Estado en la construcción del partido que según su ubicación o escala en los cargos públicos su voz valía más a la hora de las decisiones partidarias. Veamos un ejemplo: Bustos Fierro, diputado por la Provincia de Córdoba fue uno de los elegidos por Perón para conformar el primer Consejo Superior del Partido. En una reunión convocada para discutir aspectos organizativos, el diputado cordobés fue señalado por los radicales renovadores como la voz autorizada para dar la opinión del grupo. Así lo hizo.
“De pronto el Senador Nacional Diego Luis Molinari (radicalismo renovador) pronunció una extensa y vehemente arenga, adhiriendo en lo sustancial a la tesis formulada por Mercante. Que contradecía lo acordado entre los radicales renovadores. Como el Senador Nacional, además de figura descollante, era Presidente del Bloque de Senadores y no aclaró que opinaba a título personal su discurso causó azoramiento y confusión”[2]
De este comentario se desprenden algunas cosas:
a) En la organización del novedoso Partido pesaban más las decisiones de aquellos funcionarios del estado ubicados en escalas más altas.
b) Y como ellos se ponían de acuerdo por encima de las identidades políticas previas.
¿Puede desprenderse el peronismo de esta marca de origen?
Durante los nueve años de gobierno el Partido Peronista no tuvo prácticamente vida propia.
“Los Consejos Superiores que se fueron sucediendo (invocándose siempre la razón de emergencia) presididos por Mercante primero, por Tessaire después y por Leloir en las últimas etapas no tuvieron otra fuente que la nominación designativa del Jefe de Partido”[3]
Entre muchas cosas esto determinó su parálisis e inacción frente al golpe del 55’.
“Lo cierto fue que tanto la organización como el aparato del Movimiento, a pesar de su frondosidad y su perfección formal demostró su inoperancia y debilidad y, salvo algunos casos aislados, su falta de previsión, de espíritu de lucha y de sacrificio para la acción en la adversidad”[4]
Perón vio el problema sin embargo no dijo nada, abordó el inconveniente sin nombrarlo. Las comunicaciones de Perón inmediatamente después del golpe hablan de la necesidad de organizar al pueblo que se halla absolutamente disperso, desorientado y en diáspora.
En una carta a Juan Garone manifiesta descorazonado:
“Hace cinco meses vengo luchando sin conseguir que el pueblo argentino se dedique a la resistencia civil”
“Esta falta de decisión para resistir a la dictadura ha surgido del hecho que los dirigentes estaban más inclinados a esperar un golpe de fortuna mediante los golpes militares (9 de junio de 1956) que por un trabajo metódico de resistencia”[5]
Aquí estaba su debilidad. No fue un partido construido para alcanzar el poder, fue fundado desde el poder para permanecer en él.
El retorno de Perón en el 73 conquistado por las luchas populares y los sindicatos reveló una vez más la inutilidad de ese estilo de construcción política. En la oposición el Partido no existía. Esa es la razón por la cual Perón, siendo Presidente por tercera vez, en su discurso del 1 de mayo de 1974 el día que echó a los Montoneros aseveraba:
“Yo quiero que el día del trabajador sea para rendir homenaje a esas organizaciones y a esos dirigentes, sabios y prudentes, que han mantenido fuerza orgánica”
Los sindicatos habían logrado lo que el Partido jamás alcanzó: fuerza orgánica.
EL RETORNO DE LA DEMOCRACIA
A partir de 1983 frente a la nueva realidad latinoamericana de retorno a la democracia y derrotado el peronismo en elecciones claras e inobjetables un proceso de democratización o renovación en búsqueda de los mariscales de la derrota culminó en la primera interna de este partido. Un intenso debate y encontronazos modificaron el perfil del partido. Ahora había que organizarse desde el llano para llegar al poder. Triunfante Menem en la interna ganó luego las elecciones nacionales. La década del 90 fue una novedosa experiencia partidaria para el peronismo que vio florecer internas provinciales y un profundo debate acerca de si debían ser abiertas o cerradas. La democracia partidaria era una realidad jamás vista en el peronismo. Las reformas del 90 generaban su correlato democrático en la vida partidaria.
Sin embargo el peronismo no pudo sobreponerse a su segunda derrota en 1999. ¿Quién fue en este caso el mariscal o los mariscales de la derrota? La respuesta va a depender según en que sector del peronismo
uno se pare.
El peronismo ya no guardaba una identidad compartida.
La contrarrevolución del 2001 avanzó en el sentido de los nuevos liderazgos latinoamericano del progresismo interventor. El triunfo de Kirchner en ese sentido marchó en la misma dirección que la corriente latinoamericana.
¿ES POSIBLE LA REUNIFACIÓN DEL PERONISMO?
La realidad argentina actual es diferente a la de los 90’. Un subido intervencionismo de estado asfixia la vida económica y corrompe a políticos, empresarios, dirigentes gremiales y el mundillo de intermediarios de la obra pública y de subsidios estatales. Un capitalismo de amigos en pos de la burguesía nacional nos retorna al pasado. Entonces se hace necesario una vuelta a la vieja vida partidaria. El gobierno nacional pretende una maquinaria política similar al del peronismo de origen. Como si Kirchner fuera Perón y la Argentina actual la del 46’. Construir un partido desde el poder y hablar de democracia y aggiornamiento es un disparate tal que no merece comentario.
Ciertamente la vieja cultura partidaria no ha desaparecido. Muchos cuadros políticos peronistas, posiblemente la mayoría, aceptarán el convite por esta inercia y por patéticas miserabilidades. ¡Al fin y al cabo las tradiciones y el pragmatismo tiran más que una yunta de bueyes.
Hay otro aspecto a señalar. En las últimas elecciones Cristina Kirchner ganó con el voto tradicional del peronismo social y el empuje de las estructuras políticas del peronismo existente. Esa novedad ha llevado al gobierno a plantearse la necesidad, no de reconstruir el partido, sino de maniatarlo y controlarlo desde el centro del Estado.
¿Qué debemos hacer la minoría que creemos y valoramos la democracia en la vida política y en la económica? ¿Irnos, participar o llamarnos a silencio en la espera de nuevos y mejores tiempos?
Si fuésemos capaces de construir una fuerte corriente en todo el país la respuesta sería muy sencilla.
La solución que ha encontrado el gobierno es dejarnos afuera o incorporarnos bajo su estricta tutela.
[1]Mackinnon, Moira: Los años formativos del Partido Peronista. Ed. Siglo XXI. Bs. As. 2002. Pag. 40
[2]Bustos Fierro, Raúl: Desde Perón hasta Onganía. Ed. Octubre 1969. Pag. 58
[3]Bustos Fierro, Raúl: Ob. Cit. Pag. 63
[4]Guardo,Ricardo: Horas Difíciles. Ed A Peña Lillo. Bs. As. 1963. Pag. 55
[5]Perón, Juan D.: Correspondencia T.1 Ed. Corregidor Bs. As. 1983. Pag. 34
febrero 07, 2008
EL PJ PARALELO
Nada sino la renuncia a organizarse de los mismos dispersos miembros de las diversas corrientes opositoras a Kirchner, será lo que detenga este proceso de recuperación de la tradición y de renovación de la política por medio de la discusión. Como bien dice Pascual Albanese en su comentado artículo Peronismo y democracia: “Hacia adentro del peronismo, el objetivo es llegar a conformar una “masa crítica” dotada de poder suficiente como plantarse seriamente como una alternativa real al oficialismo. Esto implica generar un amplio espacio de coincidencias, capaz de atraer a todos los dirigentes y sectores políticos y sindicales que no comulgan con el proyecto oficial de vaciamiento del peronismo”. La construcción de un PJ paralelo, con una expresión virtual en Internet como punto de encuentro y referencia, es posible y recomendable, y sólo depende de aquellos dirigentes y militantes que asuman su inalienable derecho a la absoluta libertad para hacer y crear.
En este momento hay dos posibles PJ: el del oficialismo cerrado a una posible institucionalización democrática y el de una oposición que, mientras busca el momento y las condiciones para regresar a la institución, puede crecer y desarrollarse en total libertad y en pleno uso de sus facultades creativas políticas; entre ellas la de una depuración de los padrones. Un día, esperemos que no muy lejano, ambos PJ serán uno solo: el Partido Justicialista institucional, tradicional y democrático. “La organización vence al tiempo”; en este caso, lo que vencerá al tiempo será la oposición organizada.
febrero 02, 2008
MILITANDO POR UN SUEÑO
"Yo tengo un sueño". La frase de Martin Luther King, repetida rítmicamente en el más famoso de sus discursos, siempre viene al caso en toda etapa seminal. Los sueños cuentan. Los sueños hacen.
Mi sueño es que el Partido Justicialista se convierta en un partido democrático con muchas líneas internas que expresen las diferentes tradiciones conservadoras, las anteriores al peronismo, las del peronismo más ortodoxo y la de la síntesis peronista-liberal, que expresa el progresismo modernista opuesto al estatismo centralista y socialista de, por ejemplo, los Kirchner.
Es un sueño relativamente novedoso, porque si bien tenemos la experiencia de los 90 de Menem-Cavallo, en la cual esa alianza funcionó con eficacia durante un tiempo, nunca hemos hecho el trabajo de construir a conciencia un partido común que blanquee y solucione por fin el conflicto histórico que ha originado la persistente carencia de una jerarquizada dirigencia política. El peronismo debe obligatoriamente concluir con su reemplazo de las elites conservadoras del pasado, ya que éstas, diluidas por el mismo peronismo y por la fuerza de la historia, no pueden ser ya alternativa y, abandonado el rol de enemigas, sólo les cabe el de socias.
El actual remanente de dirigentes peronistas vivos puede cumplir con esta misión histórica o no. El sueño puede convertirse en realidad o no. Todo depende de cómo los argentinos interesados en la vida política puedan absorber este desafío. Nos encaminamos hacia un sistema nítidamente bipartidista. El otro partido será, sin duda, el radical, con su tradición opositora de desafiar al peronismo en tanto encarnación de una elite popular y democrática. El peronismo encarnado en su más amplia dimensión filosófica, cultural e histórica, el justicialismo, permitirá al radicalismo una equivalente redefinición ampliada de sus metas filosóficas, culturales e históricas.
Comparativamente, y para tomar como ejemplo los países que están en el origen de esta formulación de sistema bipartidista, se puede decir que el Partido Justicialista debería ser el equivalente del Partido Republicano en los Estados Unidos y del Partido Conservador en Gran Bretaña, y el Partido Radical, el equivalente del Partido Demócrata en los Estados Unidos y del Partido Laborista en Gran Bretaña. El problema a resolver es que quien aspira hoy a reorganizar y dominar el Partido Justicialista tiene el sueño exactamente opuesto.
Estos años anárquicos en lo político han dejado un saldo creativo riquísimo que aún no luce porque no ha encontrado su forma institucional. Hay más de un sueño activo y las preguntas para este foro son: ¿Qué estamos soñando? ¿Cómo imaginamos el sistema bipartidista? ¿Cuál es la identidad institucional del Partido Justicialista que mejor servirá a la Argentina?
febrero 01, 2008
LA REORGANIZACIÓN DEMOCRÁTICA DEL PARTIDO JUSTICIALISTA por Víctor Eduardo Lapegna
Esa “lucha por la idea” y la participación de los afiliados en las decisiones fueron reemplazadas en todos los partidos políticos argentinos por caudillismos personalistas, que excluyen a los afiliados de toda participación en la toma de decisiones y tienden a reducir a esos partidos a la pobre condición de sellos utilizables en operaciones electoralistas para difundir imágenes y mensajes empobrecidos entre un electorado degradado de la condición de pueblo a la de opinión pública.
La reducción de la política a unos cínicos procedimientos vacíos de ideas, de valores y de sentido trascendente, que son practicados por una corporación oligárquica que busca mantener el control sobre la sociedad y servirse del poder como un objetivo en sí mismo; es uno de los principales motivos del descreimiento que la política suscita en nuestro pueblo en general y en las generaciones jóvenes en particular.
Esos vicios funcionales de los partidos políticos causan graves fallas en los procedimientos de selección y elección de los representantes, influyen en la baja calidad de los servicios que los gobernantes brindan a la sociedad y aumentan el descontento hacia la política en general que, durante la crisis del 2001, se expresó en la consigna que reclamaba “que se vayan todos”.
Como no podía ser de otro modo y según se puede constatar en el escenario del poder político actual, lejos de irse casi todos se quedaron y la irresuelta crisis del sistema de representación institucional y de los partidos políticos buscó ser procesada por todos y cada uno de los diversos sectores e intereses que conviven y compiten en nuestra sociedad tratando de obtener sus reivindicaciones e incidir en su favor en los sistemas de toma de decisiones, recurriendo a los siguientes procedimientos básicos:
- Lograr un acceso personal y directo a quienes dirigen esos centros de toma de decisión e influir sobre ellos a través de diferentes vías informales y en muchos casos ilegales o ilegítimas (que van desde el soborno a la extorsión), en lo que se suele designar con el término inglés “lobby”.
- Movilizarse en las calles y ocuparlas con el mayor escándalo posible, para exponer los reclamos sectoriales y presionar a los poderes institucionales, aprovechando el generalizado incumplimiento de las leyes destinadas a resguardar el orden público.
- Utilizar a los medios de comunicación masiva para generar opinión en favor de intereses y ambiciones parciales y presionar sobre los decisores, que dependen del favor de esa opinión pública para conservar sus posiciones.
Es cierto que, mutatis mutandi, estos métodos también son de uso habitual en las democracias maduras, pero no es menos cierto que en ellas los gobernantes suelen tener representatividad, poder y autoridad reales por cuanto accedieron al gobierno a través de procedimientos de selección y elección participativos y democráticos y están sometidos a cierto grado de control de parte de sus representados y por tanto esos procedimientos son complementarios de los medios institucionales a la hora de influir en los titulares de los poderes ejecutivos, legislativos y judiciales de los niveles locales, provinciales y nacionales.
En cambio, la Argentina de hoy, lo que se busca por esas vias es incidir de forma directa sobre quienes ocupan los poderes ejecutivos, legislativos y judiciales en los niveles locales, provinciales y nacionales; dado que los sistemas institucionales no atienden ni expresan las demandas sectoriales y que muchos de los representantes surgen de mecanismos de cooptación oligárquicos, por lo que carecen de representatividad, autoridad e idoneidad, aunque dispongan del poder y reúnan condiciones de legalidad y legitimidad formales.
La ineficiencia, la baja calidad y los casos de corrupción de los representantes y los partidos políticos argentinos suelen ser señaladas en tono crítico, sobre todo desde espacios sociales no involucrados en forma directa y evidente en el mundo político, como el periodismo, los círculos académicos, los ámbitos empresarios y las llamadas organizaciones no gubernamentales .
A esos críticos externos se les podría recordar una letrilla que decían los españoles en tiempos de la lucha con los moros: “vinieron los sarracenos / y nos molieron a palos / que nada pueden los buenos / si no son más que los malos”.
Porque si es verdad que en los últimos años la baja calidad de los partidos políticos, de sus dirigentes y de los representantes surgidos de ellos explica el extendido rechazo popular a la política; también es verdad que la renuencia popular a involucrarse en la vida partidaria facilita los manejos oligárquicos del caudillismo político, con lo que se acentúa el deterioro de la calidad de los partidos y los sistemas de representación.
Se estableció así un circulo vicioso en el que los defectos de la vida política ahuyentan de ella a las buenas personas, pero la ausencia de buenas personas en la vida política agudiza sus defectos, de lo que resulta el deterioro general del sistema democrático y de la calidad de vida de todos los argentinos.
Para salir de ese círculo vicioso, reivindicar a los partidos políticos y reconciliarlos con la sociedad, una de las condiciones es que los peronistas – que somos aproximadamente a un 35 por ciento del electorado argentino - asumamos nuestras indelegables responsabilidades de cara a la situación política nacional.
Se trata de construir un ámbito propicio para que los peronistas “esclarezcamos nuestras discrepancias y, para hacerlo, no transportemos al diálogo institucionalizado nuestras propias confusiones; limpiemos por dentro nuestras ideas primero, para construir el diálogo social después”, siguiendo el lúcido consejo que nos daba Perón hace más de 30 años.
Para empezar a superar esa confusión y sobre todo para restaurar la calidad del sistema político argentino y dotarlo de efectiva autoridad para contener, expresar y sobre todo armonizar las legítimas y diferenciadas ambiciones e intereses de los sectores que componen nuestra comunidad en función del bien común, el primero y principal paso necesario es la reorganización democrática del Partido Justicialista.
Sabemos que hay quienes dicen que la tarea pendiente es reconstruir el Movimiento Nacional Justicialista y que sería un error distraerse de esa misión para dedicar esfuerzos a restablecer al partido, al que se considera un mero instrumento electoral.
Por nuestra parte seguimos creyendo en la 8ª. Verdad del peronismo que señala que “en la acción política, la escala de valores de todo peronista es la siguiente: primero la patria, después el movimiento y luego, los hombres” y también en la 9ª. Verdad que afirma que “la política no es para nosotros un fin sino sólo un medio para el bien de la patria, que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional”.
Pero estamos convencidos que el mejor modo de servir a los legítimos intereses y ambiciones de la patria, del movimiento y de los hombres – en ese orden – es hoy promover la reorganización democrática del Partido Justicialista de un modo que ayude a volver a encender la esperanza y la voluntad participativa en muchos miles de compañeras y compañeros, alejados hoy de toda participación política y concentrados en su vida personal, familiar o laboral, que hasta no hace tanto tiempo fueron activos militantes de la causa peronista.
Un camino virtuoso de reorganización del PJ podría inducir a que muchas compañeras y compañeros revisen la postura de distanciamiento que se expresa diciendo “yo no me meto en política, yo soy peronista”, en tanto se pruebe que hay una política auténticamente peronista en la vale la pena meterse.
Valga recordar que los ejemplos de Perón y Evita - quienes a partir de 1945 dedicaron sus vidas a servir al pueblo y a la patria a través del pensamiento y de la acción política – que fueron seguidos por miles de compañeras y de compañeros que practicaron y practican una concepción virtuosa de la política, según lo prueban con el testimonio vital de una militancia dedicada al servicio a los otros, brindado desde los espacios institucionales de poder o fuera de ellos.
Para iniciar la reorganización democrática del Partido Justicialista, al menos en el plano instrumental, bastaría con que se adopten las siguientes medidas, tan sencillas como concretas:
- Convocar a la reafiliación al Partido Justicialista en todos los distritos del país y elaborar así nuevos padrones provinciales y nacionales que sean reales y transparentes.
- Conformar una Junta Electoral en la que estén debidamente representadas las diversas corrientes internas del peronismo.
° - Llamar a elecciones internas de autoridades partidarias y de congresales nacionales, provinciales y de distritos, mediante el voto directo de todos los afiliados incluidos en los nuevos padrones.
- Reunir a los congresales provinciales y nacionales electos en esos comicios internos, para definir la línea política del Partido Justicialista y actualizar sus normas orgánicas.
Esas medidas pueden llevar a la reconstrucción de un Partido Justicialista con padrones depurados; cuyos afiliados decidan quienes son sus dirigentes y candidatos en elecciones internas libres; con una organización y un funcionamiento democrático que permita a sus integrantes participar con libertad y posibilidad de decisión en la definición de sus líneas políticas, su plataforma y sus programas; en el que se respete la conducción ejercida por quienes tienen la mayoría y se de representación a las minorías; que desarrolle actividades permanentes y serias de capacitación doctrinaria y política; todo lo cual abriría camino a una democracia mucho más sólida y verdadera.
Un Partido Justicialista así reorganizado ordenaría los enfrentamientos internos y podría acotar las postergaciones, los resentimientos y los reclamos que se generan en cada cierre de listas en todos los niveles, provocados por el hecho que la definición acerca de quienes son los candidatos a cargos electivos y quienes quedan afuera resida en la decisión subjetiva de quienes ejercen una conducción circunstancial, no surgida de elecciones internas claras y transparentes.
El único “dedo” que los peronistas aceptábamos a la hora de definir candidaturas era el dedo de Perón y la prueba de ello es que desde la muerte del General hasta hoy sólo hubo un candidato presidencial dotado de legalidad, legitimidad y autoridad para todos los peronistas y ese candidato fue Carlos Menem, después de ganar las elecciones internas de 1988.
Así, al menos en lo concerniente al PJ, se estaría así cumpliendo con artículo 38 de la Constitución Nacional que dispone que: “Los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático. Su creación y el ejercicio de sus actividades son libres dentro del respeto a esta Constitución, la que garantiza su organización y funcionamiento democráticos, la representación de las minorías, la competencia para la postulación de candidatos a cargos públicos electivos, el acceso a la información pública y la difusión de sus ideas.”
enero 29, 2008
PERONISMO Y DEMOCRACIA por Pascual Albanese
NO HAY DEMOCRACIA EN LA ARGENTINA.
El periodismo político y los politólogos suelen circunscribir exclusivamente como “la oposición” al actual gobierno a dos clubs políticos, cada vez más próximos entre sí: el “republicanismo” de matriz “progresista”, orientado por Elisa Carrió, y el “republicanismo” de cuño liberal, que en el pasado reciente pretendió liderar Ricardo López Murphy y busca ahora rodear, hasta la asfixia, a Mauricio Macri, tratando de embretarlo en la tarea de sustituir con el énfasis en la “gestión” las notorias indefiniciones y/o carencias de concepción doctrinaria, de pensamiento estratégico y de visión política.
Esos dos clubs políticos, definidos así no con una intención peyorativa sino en su exacto sentido histórico, o sea en su condición de formaciones históricamente similares a aquellas asociaciones ciudadanas aparecidas en la Francia de fines del siglo XVIII, antes de la irrupción de los partidos políticos tal cual se conocen en la actualidad, parecerían coincidir hoy en reflotar, aunque con un sentido valorativo enteramente opuesto, esa famosa definición de John William Cooke cuando calificaba al peronismo como “el hecho maldito del país burgués”.
En términos históricos, esa convergencia “republicana”, potenciada después de las elecciones presidenciales de octubre del 2007, no es para nada novedosa. Su primera expresión fue la Unión Democrática de 1945, cuya derrota en las urnas marcó el advenimiento del peronismo como la principal fuerza política argentina durante una década, interrumpida por un golpe de estado cívico-militar en el que esos “repúblicos” del 45 desempeñaron un rol preponderante.
Sí, como decía Hegel, la historia se repite primero como farsa y después como tragedia, la última encarnación de esa confluencia de raíz antiperonista fue la Alianza, esa efímera asociación entre el “republicanismo progresista” del FREPASO y el clásico “republicanismo radical”, encarnado en esa oportunidad por Fernando de la Rúa.
Para todas estas fracasadas experiencias históricas que van desde la Unión Democrática de 1945 hasta la Alianza de 1997, vale la inolvidable frase de Jorge Luis Borges “no nos une el amor, sino el espanto”, entendido en este caso el espanto como la metáfora literaria del “hecho maldito” de Cooke.
Pero, en materia de frustraciones colectivas, aquel pasado y este presente se empeñan en mezclarse. Porque estas “almas bellas” de la “anti-política”, todavía ilusionadas con el tañir de las cacerolas de diciembre del 2001, son precisamente las “viudas” de aquella Alianza, de ese formidable espejismo de las clases medias urbanas que se disipó como por arte de magia cuando las pantallas de los televisores mostraron, en vivo y en directo, la imagen del helicóptero presidencial huyendo de la Casa de Gobierno, en medio de un colapso económico y político y de una gigantesca explosión de violencia social, patentizada entonces en los saqueos a los supermercados, sólo comparable en sus dimensiones a la que en julio de 1989 precedió a la asunción de Carlos Menem, luego de la renuncia, también anticipada, de Raúl Alfonsín, artífice del penúltimo espejismo masoquista de esa clase media tan enamoradiza como sempiternamente traicionada.
El trágico derrumbe de De la Rúa, quien en su vertiginosa caída arrastró consigo al radicalismo, proyectó al peronismo, esta vez no tanto por sus propias virtudes sino por las carencias ajenas, a la condición de no ya la principal sino la única fuerza política de relevancia nacional, si como tal se entiende no a un grupo más o menos numeroso de ciudadanos honestos, capaces y bien intencionados sino a una opción de poder capaz de garantizar la gobernabilidad de la Argentina.
EL PUNTO DE INFLEXIÓN
Hace ya cuarenta años, cuando todavía ni se soñaba con el fenómeno de la globalización, en su libro ”La Hora de los Pueblos”, Perón decía que “la política puramente nacional es algo casi puramente de provincias. Hoy todo es política internacional, que se juega adentro o afuera de los países”. La cita viene a cuento del hecho de que el saldo del colapso del gobierno de la Alianza no fue solamente de orden doméstico, sino que tuvo insospechadas proyecciones en el escenario sudamericano.
Desde diciembre del 2001, la Argentina pasó a integrar, junto a Perú, Ecuador y Bolivia, el arco de países de la región cuyos presidentes constitucionales suelen ser derrocados ya no por golpes militares, como sucedía hasta la década del 80, sino por revueltas callejeras producidas en los grandes centros urbanos como ocurrió reiteradamente en Quito o La Paz.
Esa misma “andinización” política forzó luego la renuncia de Adolfo Rodríguez Saá y, pocos meses más tarde, el abrupto adelantamiento de las elecciones presidenciales promovido por Eduardo Duhalde ante el temor por las derivaciones de las reacciones de protesta desatadas a raíz de la muerte de dos manifestantes en el Puente Pueyrredón de Avellaneda.
No se trata de una simple analogía periodística, sino de un punto de inflexión histórico. América del Sur está dividida actualmente por un hilo político, no ideológico ni tampoco geográfico, que separa básicamente a dos categorías de países. La primera categoría está integrada por Brasil, Chile, Uruguay y Colombia, que tienen un sistema de partidos políticos que, mejor o peor, funciona con cierta regularidad. Todos estos países implementan también estrategias orientadas a su inserción en el escenario mundial. La segunda categoría está compuesta por Venezuela, Bolivia y Ecuador, que carecen de un sistema político estable. En estos casos, la opción estratégica es por una política de aislamiento y confrontación en el plano internacional.
Más allá de la retórica discursiva, lo que verdaderamente define al denominado “populismo” como fenómeno político en el escenario latinoamericano del siglo XXI es su condición de sucedáneo de una “democracia fallida”. En ese sentido, el “populismo” como fenómeno político está caracterizado por la existencia de un liderazgo aglutinante sin el respaldo de una genuina organización política ni la existencia de contrapesos institucionales.
La principal diferencia que separa a Lula, Michelle Bachelet, Tabaré Vázquez y Alvaro Uribe de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa es la existencia o la inexistencia de un sistema de fuerzas políticas organizadas y de contrapesos institucionales que funcionen más o menos regularmente en sus respectivos países.
Lula, Bachelet, Vázquez y Uribe se apoyan en sistemas institucionales estables y partidos políticos sólidamente constituidos. Chavez, Morales y Correa, que carecen de esas bases de sustentación, y - más aún - son en parte producto del vacío derivado de esa inexistencia, gobiernan anclados casi exclusivamente en el aparato del Estado, favorecidos por una coyuntura internacional extraordinariamente favorable por el fenomenal incremento del precios de los commodities..
Si se deja de lado la relativa atipicidad del caso paraguayo, el mapa político sudamericano presentó en estos últimos años dos mudanzas significativas. La primera de esas mudanzas sucedió en Perú. La victoria electoral del APRA (una fuerza política con hondas raíces históricas y décadas de continuidad, fundada por el legendario Víctor Haya de la Torre) sobre el mayor Ollanta Humala, cuya candidatura era respaldada por Chávez, en las elecciones que encumbraron nuevamente en la presidencia a Alan García, logró aproximar a Perú al arco configurado por Brasil, Chile, Colombia y Uruguay.
Pero la otra gran mudanza política, sin duda mucho más significativa por su notoria gravitación en el escenario regional, fue protagonizada precisamente por la Argentina, que realizó el camino inverso al de Perú. La hecatombe de diciembre de 2001, que puso fin al sistema bipartidista que rigió desde 1983, acercó a la Argentina, en términos institucionales, a la realidad imperante en Venezuela, Bolivia y Ecuador. Allí reside la raíz estructural en la que luego anidó el fenómeno de Néstor Kirchner.
EL PERONISMO COMO ÚNICO ACTOR POLÍTICO
Para evitar confusiones, vale la pena subrayar aquí que, contra lo que afirma la prédica incesante del antiperonismo de izquierda y de derecha, el peronismo nunca fue un fenómeno “populista”, al menos en el sentido con que actualmente se utiliza esa expresión, sino un gran movimiento popular, el más importante de América Latina.
Esa condición de movimiento popular, con una fuerte identidad doctrinaria, fue la principal razón de la continuidad y vigencia histórica del peronismo luego de la desaparición de su líder. Perón siempre marcó el valor central de lo orgánico: “la organización es el primer paso para cumplir cualquier obra”. Uno de sus apotegmas más repetidos fue aquél de que “sólo la organización vence al tiempo”. En su visión doctrinaria, siempre diferenció el concepto de “masa” de la noción de “pueblo” y destacó que la diferencia ente “masa y “pueblo” reside precisamente en la organización.
Para Perón, el poder es organización y la organización es poder. Desde ese punto de vista, lo más importante de la década 1945-55 no fueron las extraordinarias realizaciones sociales de aquellos años, sino la organización autónoma de los trabajadores, que permitió después del 55 defender esas conquistas e impulsar durante 18 largos años la lucha por el retorno de Perón. Estructuralmente, el “populismo” es pre-peronista.
Por ausencia de toda otra alternativa, en diciembre del 2001 el peronismo pasó a ocupar la totalidad del escenario político argentino, entendido no en el sentido del lugar de expresión de las opiniones sino en el del ámbito de toma de las decisiones. El problema es que, al mismo tiempo, “este” peronismo, erigido en única opción de poder en la Argentina, atravesaba y atraviesa una profunda crisis, que se manifiesta en dos dimensiones estrechamente vinculadas entre sí: una seria crisis de identidad, manifestada en la ausencia de una actualización doctrinaria que lo ubique en el mundo del siglo XXI, y también una crisis de representatividad y una notoria parálisis política. Su expresión emblemática fue la intervención judicial del Partido Justicialista, digitada desde la Casa de Gobierno, y el hecho, mundialmente inédito, de que haya sido el interventor judicial la única autoridad partidaria que consagró la candidatura presidencial de Cristina Kirchner.
Estos datos constituyen mucho más que simples detalles de la vida interna del peronismo. Revelan el estado generalizado de fragilidad institucional que atraviesa la Argentina. Porque el peronismo no es sólo un partido político más, cuya suerte sólo puede importar a sus adherentes. Es el eje indiscutido del sistema político argentino. Sin democracia en el peronismo, no hay democracia en la Argentina.
En rigor de verdad, ese congelamiento político del peronismo, con el consiguiente vacío de conducción, no es obra originaria de Kirchner, sino que fue la causa misma de su encumbramiento. En el 2003, urgido por las circunstancias y para evitar un previsible triunfo de Menem, Duhalde impulsó la anulación de la convocatoria a las elecciones internas para elegir la fórmula presidencial del Partido Justicialista. Desde entonces, el peronismo careció de una expresión política organizada a nivel nacional. En su provisorio reemplazo, sólo quedó el aparato del Estado, convertido en la única maquinaria política en funcionamiento. Fue en virtud de esa engrasada maquinaria burocrática y presupuestaria, centrada en el manejo de “la caja” y en el control territorial de la provincia de Buenos Aires, que Duhalde pudo entronizar en el poder a Néstor Kirchner en el 2003 y que Cristina Kirchner logró imponerse en octubre del 2007.
PARTIDO DEL ESTADO
Contra lo que muchas voces insisten todavía en pregonar, tanto en el oficialismo como en la oposición, el verdadero “partido gobernante” en la Argentina de hoy no es en realidad el peronismo sino el “Partido del Estado”. La denominada “Concertación Plural”, que motorizó oficialmente la fórmula Cristina Kirchner-Julio Cobos, no es el resultado de un acuerdo programático y orgánico entre el Partido Justicialista y la Unión Cívica Radical, sino el entendimiento “transversal” entre la mayoría de los gobernadores e intendentes del peronismo y el radicalismo, coercionados económicamente por el gobierno nacional.
Esta realidad es consecuencia de la conversión de la política en una práctica absolutamente vacía de ideas, reducida a un conjunto de procedimientos ejecutados por una corporación de políticos profesionales cuyo único común denominador es la pretensión de sus integrantes de mantenerse indefinidamente en el usufructo de sus espacios de poder.
La principal base de sustentación material de esa estrategia de subordinación de las provincias y los municipios al poder central, que arrasa con la vigencia del federalismo consagrado por la Constitución Nacional, son las retenciones a las exportaciones, que tienen una importancia política aún mayor que su propia significación económica. Por su carácter no coparticipable, esas retenciones conforman una gigantesca masa de fondos presupuestarios distribuida con absoluta discrecionalidad para disciplinar políticamente a gobernadores e intendentes. En términos prácticos, la Argentina es hoy un Estado unitario, que necesita imponer esa condición al propio peronismo para poder subsistir.
Este sistema político de “Partido del Estado” es coherente con el actual modelo económico de “capitalismo de Estado”. Y esta combinación político-económica constituye el núcleo del parentesco entre el “kirchnerismo” y el “chavismo”. Paradójicamente, ambos coinciden con Carlos Marx en la definición de que “el Estado es el comité de administración de los negocios de la burguesía”. El “valijagate” puso de relieve hasta qué punto el llamado “socialismo del siglo XXI”, montado en el espectacular ascenso del precio del petróleo, encubre ideológica y propagandísticamente la consolidación del poder económico de la denominada “boliburguesía” venezolana.
Esa “boliburguesía” venezolana tiene ahora su réplica en la Argentina. Es una suerte de “kirchnoburguesía” encarnada por un conjunto de empresarios asociados al poder político que, recubiertos tras la bandera del “capitalismo nacional”, eufemismo por “capitalismo de amigos”, prosperan a través de sus lucrativos negocios con el Estado, especialmente en materia de obras de infraestructura, y cuentan además con la ayuda oficial para apropiarse, total o parcialmente, de empresas petroleras, de compañías concesionarias de servicios públicos o de actividades que funcionan bajo licencia estatal, como el juego. Se trata, en definitiva, de una retórica ideológica del “setentismo tardío” combinada con una versión actualizada de aquellas prácticas corruptas de la “Patria Contratista” que imperaron en la Argentina hasta la década del 90.
QUÉ HACER
En este contexto, la pregonada digitación de Kirchner como titular del Partido Justicialista, gestionada desde su oficina de Puerto Madero, no implica de ningún modo un avance hacia la institucionalización del peronismo, que constituye una condición absolutamente necesaria para la consolidación institucional de la Argentina.
Muy por el contrario, estamos frente a un ensayo que pretende la “estatización” del peronismo, orientada a promover un vaciamiento de sus raíces doctrinarias y anular su vitalidad política. Es una ofensiva contra el carácter del peronismo como movimiento popular, hondamente democrático, a fin de degradarlo a la condición de un simple “populismo”, carente de una organización política real y pasible de ser manipulado desde el aparato del Estado. Su objetivo no es impulsar la organización política del peronismo sino impedirla.
Sólo la realización de un proceso electoral absolutamente democrático y transparente, iniciado con la remoción del actual interventor judicial, manipulado como un títere desde la Casa Rosada, y una previa etapa de reafiliación obligatoria para depurar los padrones partidarios, una Junta Electoral con la participación de todas las corrientes internas, una justicia electoral independiente e imparcial, que impida la malversación de fondos públicos que implica el empleo proselitista de los recursos económicos del Estado, y un sistema que asegure el respeto al requisito estatutario de representación de las minorías en los cuerpos orgánicos, puede legitimar a una auténtica conducción del Partido Justicialista, susceptible de ser respetada por todos, ganadores y perdedores. Cualquier otro mecanismo electoral constituiría una farsa fraudulenta que no corresponde legitimar.
En su histórico discurso del 21 de junio de 1973, pronunciado horas después de los enfrentamientos de Ezeiza que signaron su regreso definitivo a la Patria, Perón afirmaba: “los peronistas tenemos que retornar a la conducción de nuestro Movimiento, ponerlo en marcha y neutralizar a los que pretenden deformarlo desde abajo o desde arriba”. Ese mandato tiene hoy más vigencia que nunca. Nuevamente, las circunstancias exigen hoy asumir ese desafío. Con independencia del calendario electoral, es imprescindible impulsar ya mismo, a nivel nacional, la articulación de una amplia red de dirigentes y cuadros políticos del peronismo para hacerse cargo de esa formidable tarea pendiente.
Esa construcción política tiene que plantearse en una doble dimensión: hacia adentro y hacia afuera del peronismo. Hacia adentro del peronismo, el objetivo es llegar a conformar una “masa crítica” dotada de poder suficiente como plantarse seriamente como una alternativa real al oficialismo. Esto implica generar un amplio espacio de coincidencias, capaz de atraer a todos los dirigentes y sectores políticos y sindicales que no comulgan con el proyecto oficial de vaciamiento del peronismo. Para vencer, hay que convencer. En una primera etapa, es necesario entonces poner énfasis en lo cualitativo más que en lo cuantitativo y encarar una acción que integre lo específicamente territorial con una visión política nacional.
Hacia afuera del peronismo, es imprescindible forjar una muy amplia coincidencia cívica nacional, que englobe sin exclusiones a todos los actores políticos y sociales comprometidos en la defensa de la institucionalidad democrática, en la limpieza electoral y en el restablecimiento de reglas básicas de convivencia en la sociedad argentina, fundadas en el apotegma de Perón de que “para un argentino no puede haber nada mejor que otro argentino”.
Pero toda esta inmensa tarea no puede estar “envasada al vacío”, limitada a un ejercicio de “ombliguismo político” desentendido del aquí y ahora. Tiene que asumir una presencia activa dentro de todas las organizaciones sociales y establecer una estrecha conexión con las múltiples expresiones de disconformidad que surgen cotidianamente desde las entrañas de la sociedad argentina.
En los clásicos términos de Mao Tse Tung, esta amplia red de dirigentes y cuadros políticos del peronismo tiene que ser capaz de moverse como “pez en el agua” en los reclamos de los millones de usuarios afectados por los cortes de electricidad y de agua, en las luchas de los trabajadores por una actualización salarial acorde con el incremento del costo de la vida, en las movilizaciones de los vecinos por la seguridad pública, en las denuncias ciudadanas contra los hechos de corrupción, en las exigencias de una reforma política que implique la reimplantación de la derogada y nunca aplicada ley de elecciones internas abiertas, obligatorias y democráticas en todos los partidos políticos, en las legítimas protestas de los sectores productivos contra las medidas y actos de agresión implementados desde el gobierno, en las manifestaciones de defensa del Estado de Derecho contra los atropellos de cualquier naturaleza y en los actos de reivindicación del federalismo y la autonomía de las provincias y municipios frente a la prepotencia del poder central.
Esa presencia pública, implementada a través de todas las iniciativas que surgen espontáneamente del hecho de desatar las energías y la creatividad que siempre caracterizaron la acción de la militancia del peronismo, requiere expresarse también en la afirmación de una política de reconciliación nacional y en la defensa permanente de los valores y las tradiciones culturales y religiosas del pueblo argentino, incluidas instituciones fundamentales como la Iglesia Católica y las Fuerzas Armadas, hostigadas desde el oficialismo con una prédica ideológica “retro-progresista”, un original caso de dislexia ideológica cuyo síntoma inequívoco es calificar de retrocesos a los avances y de avances a los retrocesos.
El comienzo de este nuevo mandato presidencial, signado por las consecuencias de la crisis energética, el alza de precios y los coletazos políticos del “valijagate”, revela que el “kirchnerismo” ya inició su etapa de decadencia. Comenzó su camino de vuelta. La Argentina, que hoy navega a la deriva en el escenario mundial, requiere recrear la acción política, en el sentido que la definía Perón como “la lucha por la idea”, para que vuelva a ser capaz de definir con claridad un rumbo estratégico, una visión de mediano y largo plazo que guíe su destino por varias generaciones.
Desde su nacimiento en 1945, el peronismo tuvo la virtud de reinventarse a sí mismo frente a cada uno de los renovados desafíos que le planteó la historia. Las nuevas condiciones del siglo XXI nos demandan, una vez más, el ejercicio de esa actualización doctrinaria que tantas veces practicó y reclamó Perón.
Esta nueva actualización doctrinaria tendrá que traducirse en una propuesta programática acorde con los tiempos, que brinde respuestas concretas y realizables a los problemas que afectan a los argentinos de carne y hueso. Es absolutamente necesario que, para el momento inexorable en que la crisis vuelva a asomar su rostro en el horizonte, el peronismo esté efectivamente preparado para colocarse a la altura de las circunstancias.
Porque lo que viene en la Argentina después de Kirchner no es para “clubs”. En un artículo publicado en La Nación a fines de diciembre pasado, Jorge Fernández Díaz, editor de ADN (el suplemento cultural del diario) y, por lo tanto, un periodista insospechable de militancia peronista, lo dijo mejor que nadie: “Hasta Néstor Kirchner está decepcionado de la oposición. Admite, a regañadientes, que ninguna democracia exitosa económica e institucionalmente prospera con partido único y sin alternancia ni bipartidismo. Sabe que, si no evoluciona por afuera, una oposición de centro-derecha surgirá tarde o temprano del propio peronismo y que sobrevendrán como siempre la crueldad, el destripamiento, la lucha sin cuartel y la amnistía y, al final, la cohesión. La guerra peronista hace temblar a los peronistas que detentan el poder, porque saben que del otro lado no hay muchachos testimoniales con la valija armada al lado de la cama, sino políticos con hambre que quieren cambiar la historia”. De eso se trata.
enero 19, 2008
EL VELOZ TIEMPO POLÍTICO
Vale la pena recordar que el peronismo más absolutista de los años '40-'50, siempre tuvo al partido radical enfrente, por lo tanto no está dentro de la tradición peronista el partido único. El hecho de que el actual gobierno tenga a una presidente de origen peronista y a un vicepresidente de origen radical también llama a la reflexión acerca de por dónde trazar la línea del presente y resolver si la mezcla hegemónica del Frente para la Victoria con el nuevo nombre de PJ es lo que le conviene al país. Los miembros del PJ virtual serán los que a la larga decidirán, ya que el nuevo PJ, heredero de una tradición específica y de un mandato institucional de su fundador, será una construcción colectiva o no será.
Esto lleva al tema de qué es el PJ hoy y a la resolución de cancelar las afiliaciones para recomenzar con una afiliación transparente, la base de una nueva y verdadera vida democrática interna.
Por último, lanzada por los Kirchner, la idea de la reactivación del PJ suena más que un intento de regreso a una verdadera democracia, a la adquisición de un nuevo instrumento de poder para el matrimonio presidencial. La construcción de un polo de opinión diferente al kirchnerista y la construcción de una o más corrientes internas opositoras es lo único que garantizará la auténtica transparencia y democratización.
enero 18, 2008
LOS DOS GRANDES RIOS Y SUS AFLUENTES
Ambos partidos generaron tendencias internas que se asemejaban más a sus afines del partido rival que a sus rivales internos, y esto, sumado al personalismo de los conductores dominantes en los dos partidos, desordenó a ambos y sembró la semilla de una discordia política general que terminó en la escisión de ambos partidos en multitud de pequeños partidos y alianzas que se imaginaron semilla de los nuevos grandes partidos del futuro y que procuraron el congelamiento de los dos partidos tradicionales.
Esta situación en la cual la vida política no tiene ni nuevos cauces, tal como creía la diáspora de dirigentes y afiliados hacia nuevas promesas políticas, ni recuperó sus estructuras partidarias tradicionales, aparece tras las elecciones amañadas de 2007, como terriblemente peligrosa para la Nación, incapaz ya de darse opciones políticas según las necesidades de su destino. Sólo se puede ir aceleradamente hacia adelante y colaborar con la creación y engrandecimiento de nuevos partidos o tomar la opción conservadora, desde la raíz misma de este concepto, en un país donde todo lo heredado se ha destruido de manera sistemática, y bregar por la recuperación de los dos partidos tradicionales.
Este foro toma como bandera esta opción de regreso a un pasado no tan lejano, que está a menos de una década del actual 2008, y se propone crear las bases de discusión para una recuperación del Partido Justicialista y de su valiosa herencia política, como modo de orientar además la reorganización de su doble y necesario par, el no menos valioso y tradicional Partido Radical.
Si los dos grandes ríos vuelven a correr en su cauce normal, los afluentes, o sea los pequeños partidos de la diáspora, no tardaran en afluir y en crear una corriente aún más poderosa en cada uno de ellos. Los nuevos partidos, que no pueden crecer más allá de sus límites regionales y, en general, dominados por fuertes personalidades políticas encontrarán en estas dos grandes corrientes la posiblidad de un alcance nacional por la fusión, ya sea en alianza o en corriente interna. La fluidez de los procesos democráticos en los dos grandes ríos y en los afluentes depende en rigor de una movilización de las personas e ideas en este sentido, exigiendo el respeto de los jueces a la ley y la no ingerencia del gobierno en la administración de la justicia electoral. Hay suficientes foros internacionales como para convencer a jueces y gobierno de que les conviene más el camino de la transparencia que el de nuevos papelones internacionales.
Este foro pretende discutir estas cuestiones generales de la reinstitucionalización de nuestra vida política, ayudar a la recuperación del Partido Justicialista, y promover, muy especificamente, lo que hoy aparece fuera del escenario de las opciones electorales: su corriente interna de pensamiento conservador y modernista a la vez.
Invito a participar a amigos, compañeros y al público en general, como modo de recuperar, al menos en este foro, el gusto por la verdadera discusión política, esa que permitirá cambiar nuestro destino y llevar a nuestra Nación allí donde debería estar. Seguramente no en una coalición sudamericana de repúblicas bolivarianas, allí donde iremos a dar si no hacemos valer, democráticamente, otra opción.
diciembre 31, 2007
POR LA RECUPERACIÓN DEL PARTIDO JUSTICIALISTA
Los últimos presidentes, de origen peronista, llegaron al gobierno y al poder por vías ilegítimas: Duhalde, por un golpe institucional; Kirchner por Duhalde y Kirchner por Kirchner. Ninguno de ellos fue elegido en internas previas.
A los argentinos identificados con el Partido Justicialista, peronistas o no, nos gustaría volver a tener un partido donde elegir en internas abiertas a nuestros representantes. Este foro está destinado a recuperar la vida interna del Partido Justicialista hasta que la institución vuelva a funcionar normalmente.
Invitamos a todos a participar en este Partido Justicialista virtual para recuperar el Partido Justicialista real.
