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A partir del 1° de Diciembre, este foro cesa su actividad, atento a que la nueva etapa de formación de líneas alternativas dentro del peronismo requiere, más que la ya agotada discusión acerca del PJ, un trabajo específico de análisis y propuestas que puedan fortalecer a los nuevos liderazgos peronistas liberales.

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Opinión

Hacia una redefinición del nacionalismo económico
(A propósito de un documento de CARTA ABIERTA)


por Daniel González

Introducción

El gobierno del matrimonio Kirchner cuenta con un grupo de intelectuales que lo apoya y lo defiende. Que saca a relucir sus facones ideológicos para apuntalar el proceso político y económico en marcha. Se trata, aproximadamente, del mismo núcleo de pensadores, aunque con ideas un poco remozadas, que acogió favorablemente y respaldó a Raúl Alfonsín durante los años de su gobierno, desde diversas trincheras del mundo de la cultura. En esos años fue desde el Club de Cultura Socialista, la Fundación Plural, el diario Página 12, la Revista El periodista y la totalidad de los medios de comunicación en manos del estado nacional, que en ese tiempo eran muchos, diversos y poderosos.

Los veinte años transcurridos desde entonces han dejado su huella en el escenario político mundial y han horadado fieramente las tesis y sistemas de ideas de aquellos años primaverales e iniciales de la democracia. Y eso se nota: por ejemplo, ya casi ninguno de ellos habla del socialismo. Y es razonable: con la implosión de la Unión Soviética y de toda la Europa del Este parece haber sucumbido para siempre la idea de un sistema económico donde sea el Estado quien decida qué, cómo, cuánto y dónde se produce. No nos regocijamos especialmente por este hecho, claro está. Pero tomamos debida nota del que resulta quizá el acontecimiento político y económico más decisivo desde la Segunda Guerra Mundial. Aunque uno haya podido inicialmente horrorizarse con las tesis que Francis Fukuyama escribió y reescribió hacia comienzo de los noventa, no puede dejar de aceptarse que ya no existe un horizonte socialista. Los que pensamos en una sociedad más justa que la actual deberemos pues aprender que las reglas han cambiado y que nuestras batallas –políticas, de ideas o de lo que fuere- han de desenvolverse dentro del tumultuoso, denostado pero triunfante sistema capitalista.

Completan el panorama de grandes cambios ocurridos en las últimas décadas, con una importancia también descollante, las profundas reformas económicas introducidas por China, que a partir de su giro hacia el estímulo de la iniciativa privada y normas indubitablemente capitalistas, se perfila como la gran potencia mundial de este siglo que recién ha comenzado.

De modo tal, el discurso del llamado "progresismo" ha cambiado desde aquellos años. Pero es un cambio que se ha quedado a mitad de camino. Ha retrocedido a regañadientes desde aquellos pensamientos que ya no encuentran un lugar en el mundo pero se ha atrincherado en lo que podría denominarse como "nacionalismo económico inercial", esto es la matriz ideológica de la posguerra, que ya muestra los rastros implacables de los más de sesenta años transcurridos desde su nacimiento.
Muchos de los ideólogos de Carta Abierta tienen una larga historia de rechazo al peronismo o al "populismo", según sea una denominación política o sociológica la que se prefiera. Desde afuera o desde adentro del ese inmenso movimiento nacional, siempre desconfiaron de él porque lo veían burgués, reaccionario, apenas reformista o bien simplemente demagógico. Pero no hablamos del peronismo reciente sino del histórico, del de Perón, en cualquiera de sus presidencias.

Pero ahora los politólogos más prestigiosos del mundo ya han otorgado credenciales de existencia al "populismo". Han tardado más de medio siglo pero lo han hecho. Así nos lo han hecho saber, por ejemplo, Ernesto Laclau (La razón populista) y su señora esposa, Chantal Mouffe. Aburridos de la Europa inmóvil, ese geriátrico de la política, han vuelto sus ojos hacia América Latina y han decidido que el "populismo" ya merece un lugar en el canon de la Ciencia Política.

¡En buena hora! Sólo que nos tememos que nuevamente, como en la fábula de Zenón de Elea sobre Aquiles y la tortuga, otra vez la realidad se les ha corrido unos pasos más adelante y que, en definitiva, el "populismo" tal cual afloró de la Segunda Guerra Mundial, ya ha perdido su vigor esencial y necesita ser reformulado para las nuevas circunstancias históricas.

¿Qué cosa es el "neoliberalismo"?

Resulta algo inconsistente adjudicar los males de la economía argentina a esa suerte de ente perverso llamado "neoliberalismo". Porque ¿de qué diablos se trata verdaderamente? ¿De un sistema de ideas que impregna inevitablemente a los gobernantes de los países subdesarrollados? ¿De una constelación de fuerzas maléficas al estilo de la Sinarquía Internacional, depositaria de todas las responsabilidades en otros tiempos?

Sentimos una cierta incomodidad y pudor al tener que recordarles a nuestros progresistas que las ideas tienen la costumbre de encarnar intereses… de clase. No provienen de un repollo ni sobreviven flotando en el aire grácilmente. Sin embargo, Carta Abierta no se la adjudica a nadie o, si lo hace, embiste en forma personal contra algún político. Con picardía pero también con concepto rudimentario, Carta Abierta traza una línea y dice: de aquel lado, el "neoliberalismo" y de este lado, nosotros, los que queremos que el Estado exista y tenga fuerte injerencia en la economía.

Pero hay algo más: el mal "neoliberal" no proviene, como siempre se ha dicho desde el progresismo, del gobierno de Carlos Menem sino de un poco atrás: de 1976. Un concepto formidable. Es decir: los que no están con Carta Abierta, están con el Proceso Militar. Así de simple.

Claro que esta simplificación tiene un costo alto para los intelectuales de Carta Abierta: meten en la misma bolsa a Don Raúl Alfonsín, cuyo gobierno dio de comer –en más de un sentido- a muchos de los intelectuales firmantes del documento. Pero la revolución exige estos sacrificios. ¿Qué pensará, por ejemplo, Aldo Ferrer de esto? U otros economistas (¿cómo llamarlos?) estructuralistas, como el mismísimo Roberto Lavagna, Mario Brodersohn y Juan Vital Sourrouille que fueron funcionarios de Alfonsín. O Rodolfo Terragno, y otros.

¿Estado o mercado?


En realidad, desde la publicación en 1776 de La Riqueza de las Naciones, los economistas no han hecho otra cosa que discutir cuánto de Estado y cuánto de mercado debe contener una política económica en un momento preciso, en un momento determinado, en singulares coordenadas históricas y políticas.

Aunque cada autor abrigue pretensión de universalidad (¡y vaya si algunos la consiguieron!), el pensamiento económico se nutre de la circunstancia inmediata. Es allí de donde extrae la información con la que se configura la idea abstracta que luego sobrevive incluso más allá de la desaparición de las precisas circunstancias que le dieron origen. Y, cuando uno toma prestadas las ideas "universales" nunca debe perder de vista que responden a precisas coordenados históricas y que, además, deben ser debidamente chequeadas, adaptadas y reformuladas para que respondan a la realidad a la que queremos aplicarlas.

La posibilidad del Estado planificador, que define producto por producto qué, cómo y cuánto se ha de producir, que sustituye al empresario privado, ya ha desaparecido para siempre. Termina sofocando la economía, inhibiendo las posibilidades creativas de los hombres y mujeres del país, aplastando la producción y, en definitiva, sacrificando a generaciones enteras a un nivel de vida inferior. Es preciso tomar nota del significado del derrumbe del muro de Berlín, de la implosión de la Unión Soviética, del redireccionamiento de Europa del Este, de los cambios impulsados por China.

Se pretende que pararse en un módico banquito ideológico y decir: "Sin Estado no hay Nación" constituye una definición que irradia su luminosidad esclarecedora sobre los problemas económicos nacionales. Y esa afirmación genérica no es ni siquiera el comienzo del debate que debemos dar. De ningún modo pensamos que ese severo dictamen pertenezca al universo político-conceptual y que nosotros, al proponer un debate circunstanciado, derrapemos hacia lo "técnico", los meros detalles derivados de una imprescindible definición conceptual previa. No, lo que estamos diciendo es que Argentina necesita redefinir el rol del Estado y también del mercado. Y que eso fue justamente lo que comenzó a hacerse en la década del noventa.

Adam Smith no comete la torpeza de decirnos que los doscientos años de mercantilismo británico habían sido un error. Quien haya leído, incluso a la ligera, su Investigación sobre la Naturaleza y Causa de las Riquezas de las Naciones, se hace una idea clara del respeto de Smith hacia la maraña de intrincadas normas proteccionistas que precedieron su propuesta de liberalización. Trata con mano de seda, por ejemplo, el Acta de Navegación de Oliverio Cromwell y explica pacientemente por qué esas normas que habían resultado útiles en un momento concreto para Inglaterra, ya no lo eran por la sencilla razón que Inglaterra se había convertido en el país más poderoso del mundo y que, en esa condición, nada debía temer de la competencia con cualquier país del mundo, de la que sólo podría resultar beneficiada.

Desde Alemania, unos años después, le responde Federico List. Y dice que Smith tiene razón, que sus consejos son acertados… para Inglaterra. Pero que Alemania, con atraso evidente en su industrialización, necesitaba la protección que Gran Bretaña había tenido. Y que después sí se volcaría a la competencia como propone Smith.

Todos los grandes libros de la historia de la economía nos hablan de Estado y de mercado. Y cada uno está pensado para circunstancias particulares, aunque sus ideas puedan ser aprovechables en situaciones similares. Pero, para ello, siempre conviene repasarlas y ajustarlas. Repensarlas.

Marx, por ejemplo, no impugna al liberalismo inglés sino que lo estimula haciéndolo depositario del progreso mundial y el avance hacia lo inevitable: el socialismo, un nuevo estadio de la civilización centrado en la planificación estatal de la economía.

Keynes estaría muy lejos de suscribir algunas ideas que ahora se le adjudican. A veces parecería que el economista británico hubiera respaldado el proteccionismo y las empresas públicas cuando solamente observó, con genialidad doctrinaria, algo que muchos gobiernos ya habían implementado a tientas durante la crisis mundial: el estímulo estatal a la demanda para remontar la parálisis y para que el aparato industrial volviera a rodar.

Plantear el problema como en el título del documento, es no haber avanzado un ápice en el debate que pretende darse. O bien, intentar correr con la vaina a los opositores. Porque, como ya veremos, Carta Abierta tampoco dice qué clase de Estado es el que pretende para la Argentina de hoy. O lo dice de un modo tan genérico que tampoco sirve.

Y dale con el Consenso de Washington

Una de las afirmaciones que ya tiene categoría de clisé es la que repite que la política económica de los noventa, de los años de Carlos Menem, deriva de una especie de obediencia colonial al mandato de los poderosos del mundo, enunciado en el Consenso de Washington.

Por supuesto que estamos lejos de ser ingenuos respecto del poder de los países desarrollados y de las políticas económicas que ellos prefieren que reinen en el mundo. Pero adjudicar las reformas de los noventa a una especie de orden impartida desde el Norte es tener una visión conspirativa de los procesos económicos y, sobre todo, es no comprender la evolución de la economía argentina durante las últimas décadas. Distraigámonos un momento con el Consenso de Washington.

Fue el economista John Williamson quien, en noviembre de 1989, publicó un documento titulado "Lo que Washington quiere decir por política de reformas". Ese documento consta de diez puntos que no aportan demasiada novedad acerca de las políticas que los países poderosos proponen al mundo y, en especial, a las naciones más débiles. En general, consisten en medidas de libertad económica que ellos, en muchos aspectos, omiten cumplir. En un mundo de libertades irrestrictas, se sabe, reina el más poderoso.

El decálogo propone:

Disciplina fiscal
Reforma tributaria
Modificar la composición del gasto público a favor de la salud y la educación
Respetar el derecho de propiedad
Tasa de cambio competitiva
Liberalización del comercio internacional
Liberalización de la entrada de inversiones extranjeras
Privatización de empresas públicas
Desregulación de la economía
Desregulación de la tasa de interés

¿Qué es lo que está mal y qué está bien obedecer de este catálogo? ¿Qué cumplió Menem y qué cumplió Kirchner? Veamos.

No puede decirse que los puntos 1 a 4 sean, en general, dignos de rechazo. En materia fiscal, por ejemplo, la Reforma del Estado concretada durante los noventa fue exitosa. Ella permitió recuperar el presupuesto como un instrumento de política económica en manos del Estado. Hasta ese momento, no existía sino como una obligación legal que debía cumplirse de un modo formal e inocuo. A veces, el presupuesto era aprobado el último día del año que se presupuestaba, cuando ya estaba completamente vencido, los gastos ya completamente realizados y el tiempo que abarcaba el presupuesto, completamente transcurrido. La estabilidad y la disciplina fiscal (algo que Menem no cumplió durante todo su mandato pues el gasto público se desbandó hacia fines de la década) permitieron que el estado pudiera manejar el presupuesto nacional con mayor racionalidad y que su presencia ahí fuera mucho mayor que en los años previos, aquí hubo más estado, no menos. Antes de los noventa, el presupuesto no existía. A partir de allí, es uno de los principales instrumentos económico que cuenta el Estado. Eso fue consecuencia de las transformaciones de los noventa.

En cuanto a la reforma impositiva, cierto es que en esos años no se realizaron grandes transformaciones en su estructura. El drama crónico de la Argentina en materia fiscal es que su estructura tributaria se asienta sobre impuestos regresivos en materia de distribución del ingreso: pagan más los más pobres. Pero la estabilidad permitió que el estado recuperara sus ingresos (efecto Olivera-Tanzi), que además logró una mayor recaudación en los impuestos directos, tal cual se refleja en las estadísticas de la DGI de la época. De todos modos, aunque este tema sea recomendado por quien sea, nadie puede disentir con la necesidad de implementar una reforma tributaria que apuntale una mejor distribución del ingreso y una mayor equidad en la distribución de la carga tributaria. En tal sentido, los últimos años, con un Estado holgado, han sido ideales para una transformación como la que describimos. Sin embargo, el actual gobierno nada ha hecho al respecto. Ni siquiera pequeñas modificaciones tales como eliminar el IVA de los productos alimentarios de consumo popular, algo que tendría evidentes efectos redistributivos.

Los puntos 3 y 4 son inobjetables. La modificación del gasto público a favor de la educación y la salud es algo aún pendiente, en las magnitudes que nos impone la necesidad. El respeto del derecho de propiedad también es incuestionable, dentro de las leyes de la Nación.

Respecto de la liberalización de la tasa de interés (punto 10), diremos que se trata de un enunciado que carece de autonomía. Gran parte del boom consumista que hubo en la primera mitad de los noventa se debió al renacimiento del crédito a más largo plazo que el preexistente. Al desaparecer la inflación, el crédito se tornó accesible y vivificó la demanda y, en consecuencia, la producción. Hoy, por ejemplo, ha desaparecido el crédito para la compra y construcción de vivienda. El gobierno ideó un plan que fracasó debido a la falta de financiación y a la inflación. Ni la propia banca pública puede prestar por debajo de la inflación o bien de las expectativas de inflación existentes. Uno puede teorizar sobre el nivel adecuado de las tasas de interés pero no puede manipular las tasas sino de un modo acotado en el tiempo o en el volumen. Crédito, tasas de interés e inflación, forman parte de un paquete de solución conjunta y muy difícil de manejar a gusto.

Y vamos llegando al núcleo duro de las reformas de los noventa.

Uno de esos temas es la liberalización del comercio internacional (punto 6). Se identifica a la política de Carlos Menem con una remoción total de la protección arancelaria para la industria, con la vigencia plena e irrestricta del librecomercio. Y esto no ha sido así, de ningún modo.

En primer lugar existe un hecho fundamental de la política económica de esos años, que es reivindicado por muchos partidos políticos pero haciendo un prudente silencio sobre su origen, y que constituye el desafío más grande que pueda habérsele hecho a los países poderosos en el plano de la economía: el MERCOSUR. La creación de un espacio económico de libre comercio y con un arancel externo común no sólo excluye el concepto de libertad comercial propuesto por el norte industrial, sino que es un modo distinto de entender la inserción argentina en el mundo global.

La alianza estratégica con Brasil, Paraguay y Uruguay, a la que se han sumado otros países, es el desafío más grande desde el punto de vista de la política económica y de las decisiones estratégicas del estado, que se haya podido establecer a las políticas de librecomercio desindustrializante que irresponsablemente proponen desde los países centrales.

En modo alguno estamos de acuerdo con la remoción lisa y llana de la protección arancelaria, que tiende a disolver a la industria nacional y reemplazar su producción por artículos importados, muchas veces producidos o vendidos con subsidios encubiertos de los respectivos estados. Los países centrales también protegen a su producción, industrial o agrícola, cuando la competencia de otros países las amenazan. Y lo hacen de mil maneras, incluyendo la protección para arancelaria, las normas sanitarias, las objeciones técnicas y de calidad, etcétera.

Como sea, el mayor desafío generado en el continente para construir un polo de poder económico distinto a los Estados Unidos, es el MERCOSUR. Y éste fue creado a comienzos de los noventa. No se puede ser tan ciego como para ignorar este hecho objetivo. Muchas de las importaciones de los noventa, que generaron quejas en nuestra clase industrial, provenían de Brasil y estaban amparadas por las normas del MERCOSUR. Nuestros industriales deberían ya acostumbrarse a la competencia con sus pares de Brasil, que hace apenas un par de décadas eran mucho más débiles que ellos y que han sabido, en poco tiempo, adecuarse a los requerimientos de la competencia en el mundo global.

Otro de los puntos más objetados de la política económica de los noventa y que figura en el decálogo de Williamson es el referido a las inversiones extranjeras. Contrariamente a lo que aparenta, la resistencia al capital extranjero no proviene tanto de los setenta sino de los cuarenta. No del Perón del tercer mandato, sino del Perón inicial, el que tenia los pasillos del Banco Central llenos de oro, el que gobernó una época en la que el capital extranjero estaba concentrado en la reconstrucción de Europa y había abandonado sus inversiones y empresas de ultramar.

En ese tiempo, el país contaba con recursos suficientes como para encarar por sus propios medios el crecimiento económico fundado en los parámetros que esos recursos, y la situación mundial, permitían: proteccionismo, nacionalización del comercio exterior y la banca, empresas públicas, crédito barato, aumentos salariales, gasto público, etcétera. Ya al promediar su segundo mandato, Perón comprendió que necesitaba también de la inversión y el know how extranjeros: convocó a la FIAT y a IKA para fabricar autos en Córdoba, y a la Standard Oil de California para sacar el petróleo.

La aceptación de la inversión extranjera es algo que ya no objetan ni Cuba ni China. El país caribeño no podría sobrevivir sin el turismo, que se asienta en la inversión extranjera y hoteles e infraestructura adecuadas. Y China ha sido el boom de las últimas décadas gracias a la inversión en su territorio realizada por los países capitalistas desarrollados. Ya nadie se opone a la inversión extranjera.

Hablar de Argentina cuenta con capacidad de ahorro suficiente y que, por lo tanto, puede bancar su propio desarrollo ("vivir con lo nuestro") es apenas una frase inconducente. La incorporación de tecnología, el know how, la exploración de mercados exteriores suelen ser más fáciles con alianzas estratégicas entre empresarios nacionales y extranjeros. Quien quiera ver cómo se hace esto, que mire a Brasil y, en especial, su exitosa fábrica de aviones Embraer, privatizada en 1994 y en la que coexisten tres grupos empresarios brasileños, un grupo europeo y el Estado, con una acción dorada y derecho (que ejerce, por supuesto) a discutir las líneas estratégicas.

La desregulación de la economía (punto 9) es otro de los temas que se objeta del Consenso de Washington y se lo vincula con una actitud prescindente y desentendida, por parte del estado, del funcionamiento de la economía y de la preservación de los intereses de los consumidores. Tratándose de un tema tan amplio y de tantos matices y circunstancias, solamente lo abordaremos con un ejemplo revelador.

En el caso del transporte automotor de pasajeros de larga distancia existían múltiples regulaciones que se acumularon durante décadas y que, llegado un momento, significaron en los hechos un verdadero monopolio por parte de un puñado de empresas que, aprovechando su situación de privilegio, se tornaron totalmente ineficientes. El tramo Córdoba-Buenos Aires, por ejemplo, era cubierto por muy pocas empresas (ABLO, Chevallier, General Urquiza) que prestaban el servicio a precios que oscilaban entre los 40 y 50 dólares por pasajero. La desregulación en este rubro consistió en que cualquier particular que poseyera un colectivo adecuado podía poner su propia línea pagando un arancel de 200 dólares.

El resultado fue que se instalaron multitud de empresas, algunas de mejor calidad y otras muy precarias. Pero el precio del boleto bajó inmediatamente a la mitad y, en un plazo de meses, el servicio mejoró notablemente por la competencia, que antes estaba excluida. Aparecieron emprendedores en todo el país, se multiplicó la cantidad de empresas y el consumidor fue el mayor beneficiario de esta nueva situación.

Se trata de un ejemplo claro de desregulación pero somos conscientes que no es un caso abarcador de todas las situaciones. Con el paso de los años, de los sucesivos gobiernos, la economía argentina había sido modelada por los lobbies corporativos que se beneficiaban con mercados cautivos a expensas del consumidor. La ausencia de competencia trajo consigo la ineficiencia y fue necesario, en un momento, reformar drásticamente esa situación.

Para no irnos del ejemplo, tenemos muy claro que la acción reguladora del estado, incluso férrea, debe existir. En el caso del transporte de pasajeros, en el control de la calidad del material de trasporte, de la seguridad del pasajero, del descanso de los choferes, de la solvencia de las empresas en defensa del consumidor, etcétera.

Las privatizaciones

Pero llegamos a una de las recomendaciones del documento de Williamson que constituye la principal objeción a la política de los años noventa: las privatizaciones. Porque nada ha resultado tan rechazado por el nacionalismo inercial de la posguerra ni( y) por el socialismo que se quedó sin grandes países como referentes, que la política de privatizaciones. Es el núcleo central para denostar, en conjunto, toda la economía de los noventa y para no reconocer, ahora, ninguno de sus logros evidentes en materia económica.

Por de pronto, se pretende que las privatizaciones fueron carentes de racionalidad local y que su implementación provino de una obediencia ciega al mandato de Washington. Hoy, desde el "progresismo" se intenta hacernos creer que no había motivos para privatizar las empresas públicas, que ellas eran un preciado tesoro, gemas innegociables del patrimonio nacional. Pero la realidad es bien distinta.

Las empresas públicas fueron uno de los ejes indiscutibles de la política de nacionalismo económico del peronismo fundacional. Hacia 1943, cuando nació la Revolución militar que luego dio lugar al peronismo, la situación del país y del contexto mundial era sumamente distinta a la de los años noventa. En 1930 había hecho crisis el país fundado exclusivamente en la producción y exportaciones agrarias. La crisis mundial había replanteado en todo el mundo las estrategias económicas. Gran Bretaña, que había modelado nuestra economía conforme a su posición de taller industrial planetario, había perdido interés en continuar sosteniendo sus inversiones de ultramar. Los propietarios terratenientes de Argentina habían recobrado el poder en 1930 y habían abandonado su liberalismo secular para adoptar, a tono con las ideas de la época y también con sus intereses económicos inmediatos, fuertes políticas de intervencionismo económico. La continuidad y consolidación del país agrario no estaban aseguradas con el mero liberalismo de la época anterior pues todos los países del mundo, golpeados por la crisis, habían adoptado políticas de protección de sus producciones nacionales y el comercio internacional había caído a pique.

La producción de bienes industriales y los criterios de defensa nacional en que habían sido educados los militares que tomaron el poder, significaban la presencia de un estado que garantizara productos estratégicos (petróleo, acero) y la prestación de servicios decisivos (teléfonos, marina mercante, seguros, comercio internacional).

La necesidad de un estado empresario se fundaba también en la inexistencia de un empresariado nacional que pudiera tomar en sus manos la ciclópea tarea de apuntalar la producción de bienes que, como el acero, suponían una gran inversión de lenta maduración en materia de rentabilidad. En tal sentido, la presencia fuerte del estado se hizo indispensable.

Sin embargo fue el propio Perón quien, poco antes de ser derrocado, torció el rumbo de su gobierno porque las circunstancias habían cambiado. Tomó nota de que YPF no iba a poder extraer todo el petróleo que necesitaba la industria que crecía y que la Fábrica Militar de Aviones no iba a poder producir los automóviles que el país demandaba. Por eso convocó al capital extranjero en ambos rubros. Y eso le valió el calificativo de "entreguista", propinado por la izquierda tradicional, que contribuyó a su derrocamiento.

Con los años, las empresas públicas se fueron deteriorando por el saboteo consciente de sucesivos gobiernos y las malas administraciones. La falta de inversiones, la acumulación de personal, la falta de controles o bien el robo descarado a través de compras sobrevaluadas o contratos lesivos, fueron horadando a lo largo de los años a las empresas públicas.

Así, al momento de la privatización distaban mucho de ser "las joyas de la abuela". Resulta curioso que muchos de los que calificaron como inconvenientes las nacionalizaciones de los tiempos de Perón, con el argumento de que se compraba "hierro viejo", cuando las empresas públicas estaban ya verdaderamente en un estado ruinoso e irrecuperable, se opusieron a las privatizaciones con el argumento de que se trataba de verdaderas alhajas del patrimonio público.

Las privatizaciones no sólo resultaron inevitables sino también un modo concreto de salir del inmovilismo al que estaba sometido el gobierno respecto de las inmensas áreas de la economía que estaban a cargo de ellas y en las que el estado, en precarias condiciones financieras y económicas, estaba imposibilitado de invertir a fines de revertir la situación en la que habían caído luego de casi 50 años de desmanejos.

Los resultados fueron inmediatos y benéficos: agua, energía eléctrica, teléfonos fueron inmediatamente revitalizados con la inversión privada y contribuyeron a solucionar antiguos problemas de los consumidores, especialmente de los más pobres, que pudieron acceder a los servicios en forma casi inmediata.

Al caer la convertibilidad y para evitar los aumentos de precios y tarifas pactados en los contratos vigentes, comenzaron a implementarse subsidios masivos, que ahora en el comienzo de la crisis están retirándose. Si la prestación de servicios por parte de las empresas privatizadas aún no se ha visto afectada ha sido por la inversión realizada durante los noventa. Las empresas que prestan servicios públicos, sean estatales o privadas, están sujetas a las leyes elementales de la dinámica capitalista. Se trata de una verdad de Perogrullo pero es preciso repetirlo: sin ganancias no hay inversión, sin inversión la prestación del servicio se deteriora. Durante los años que se mantuvieron en su propiedad, el Estado no pudo invertir en las empresas públicas lo que estas demandaban para su saneamiento, consolidación, y expansión, porque tenía urgencias más perentorias que lo demandaban. Por eso llegaron las privatizaciones con resultados indiscutibles.

El incumplimiento de los contratos, la falta de actualización de las tarifas, el ahogo deliberado de las privatizadas, sólo puede desembocar en un deterioro en las prestaciones y, en caso de continuidad, en la reestatización con críticas a la insensibilidad del capital privado que no sabe producir cuando los costos superan sus ingresos. Nuevamente en manos del estado –como ya ocurre con Aerolíneas Argentinas- las empresas serán desatendidas y el circuito comienza nuevamente.

El tipo de cambio competitivo

Llegamos así al punto del Consenso de Washington que deliberadamente hemos dejado para el final: el nivel del tipo de cambio, el precio de la moneda extranjera. Los países desarrollados siempre han preferido que las naciones en desarrollo tengan un tipo de cambio elevado. De este modo, estimulan las exportaciones y generan los recursos para afrontar los pagos externos. También así –en caso de no existir retenciones o de ser éstas muy débiles- se favorecen las ventajas comparativas. Una moneda nacional débil, potencia el poder comprador del inversor extranjero para quienes las empresas locales se vuelven baratas y resultan de fácil adquisición.

El tipo de cambio es un dato esencial de cualquier esquema económico. Y no puede decirse que en los noventa se haya cumplido con ese requisito. Al contrario: una de las principales críticas que recibió la convertibilidad, consistió en que partía de un nivel de cambio que supuso la sobrevaluación de la moneda nacional.

Y al revés: es este gobierno el que ha descubierto las ventajas de un tipo de cambio subvaluado, de un dólar caro. Los intelectuales de "Carta Abierta" y también el gobierno, creen haber descubierto la pólvora con el actual esquema económico, al que denominan pomposamente "régimen económico heterodoxo".

Dice el documento:
"El régimen económico heterodoxo, que viene sosteniendo el gobierno nacional como objetivo irrenunciable, reposa en el mantenimiento de un tipo de cambio elevado, competitivo y estable a través de la intervención del Banco Central para evitar la apreciación cambiaria. La obtención de superávit fiscal y externo permite recrear un régimen de acumulación solvente, enfatizando una mayor participación del Estado en la economía. Al mismo tiempo se reduce la vulnerabilidad externa a partir de la acumulación virtuosa de reservas vía el sostenimiento del tipo de cambio alto y saldos positivos del comercio exterior".

Y agrega un párrafo para el recuerdo:
"La cancelación de las obligaciones con el FMI, la reestructuración de la deuda pública y las renegociaciones de los compromisos externos a largo plazo son conquistas emblemáticas dirigidas a liberar al país de trampas y grilletes heredados del neoliberalismo y fortalecer su posición internacional".
Considerar el pago anticipado de la deuda al FMI como "una conquista emblemática" resulta un poco exagerado. Sobre todo, teniendo en cuenta que inmediatamente después de la cancelación Argentina tuvo que emitir bonos para que Venezuela los comprara cobrándonos una tasa de interés que triplicaba la del FMI.

El "régimen económico heterodoxo" o el agujero del mate

Pero volvamos al "régimen económico heterodoxo". Es claro que el crecimiento económico de los últimos años se funda en el inusitado auge de la economía mundial que, a su vez, se origina en gran medida en los livianos manejos económicos de los Estados Unidos, que luego culminaron con la crisis de las hipotecas subprime. No podemos dejar de mencionar una curiosidad: los gobiernos de Argentina y Venezuela son dos de los que más duro atacan la globalización y el mercado mundial, sin embargo han sido de los más beneficiados. Es el mercado mundial el que nos ha favorecido con sus altos precios de commodities y nos ha permitido crecer de un modo inigualable en todos estos años. Podría agregarse que Hugo Chávez es un gran impugnador del mercado mundial pero cuando le presta dinero a la Argentina, lo hace a tasas de usura, que tienen en cuenta la baja calificación crediticia que padece el país.

La economía mundial creció a tasas inusitadas, estimulada por la demanda de Estados Unidos y China, lo que llevó a las nubes el precio de los commodities incluidas los productos del agro, nuestra principal exportación. Esto significó un aumento formidable de nuestras exportaciones y la posibilidad de que el estado –mediante las retenciones- se quedara con una parte del mayor ingreso del sector agropecuario y lograra una holgura fiscal con pocos antecedentes en la historia nacional.

El documento de CARTA ABIERTA presenta al "régimen económico heterodoxo" como una suerte de ruptura epistemológica en la Ciencia Económica pero no es más que un poderoso –y quizá fugaz- viento de cola a la embarcación económica nacional. Ese es todo el secreto. No existe tal programa sino excepcionales condiciones económicas globales que han aumentado en forma brutal las exportaciones argentinas y su Producto Bruto.

Podría agregarse incluso que el gobierno argentino no solamente es injusto con el orden económico global, del cual ha obtenido brillantes dividendos, sino también con los recientes manejos financieros de los Estados Unidos que devinieron en la crisis de las hipotecas subprime y en la recesión global en curso. En efecto, el motor del crecimiento económico de los años previos, con el consiguiente aumento del precio de nuestros productos agrarios, ha sido Estados Unidos y, en especial, su política financiera expansiva que luego derivó en la crisis que vivimos.

Resulta sencillo ahora echarle la culpa al Norte por la permisividad financiera y sus consecuencias pero sería justo también reconocer que han sido esos manejos los que permitieron e impulsaron el crecimiento previo a escala mundial, del cual Argentina resultó beneficiada.

El mecanismo de la devaluación compensada, la existencia de tipos de cambio reales diferenciales, es un antiguo instrumento de política económica utilizado para intentar resolver la dualidad de la economía argentina: la existencia de un eficiente sector exportador de alimentos y la presencia de una industria nacional a la que nunca terminan de alcanzarle los estímulos que se le otorgan.

Pero una devaluación con retenciones, de ningún modo constituye un programa económico integral. Y esto ha comenzado a verse ahora, con la crisis que se avecina. Existe la sensación de que hemos recibido un fuerte flujo de dinero del mundo global, que no hemos sabido aprovechar.

Los problemas nuestros y los ajenos

Antes de la crisis mundial ya comenzaron a aflorar algunos problemas del "régimen económico heterodoxo". Uno de ellos es la inflación.

El ajuste de 2001 fue tan brutal y la pérdida de ingresos de los sectores más desfavorecidos fue tan grande que, a lo largo de los años, sus ingresos debieron necesariamente reacomodarse. Y esto generó aumento de los precios internos. Al aumentar el nivel de los precios, el esquema económico va perdiendo su principal fuente de sustentación: el tipo de cambio elevado. Llegado a ese punto al gobierno le quedan pocas opciones. Una, devaluar nuevamente, con los riesgos inflacionarios que ello implica. La otra, más inocente y rústica, deformar los índices de inflación para demostrar a los exportadores que la pérdida de ingresos no es tan alta como ellos dicen.

Pero la inflación es palpable y ya hay una larga fila de empresarios, encabezados por De Mendiguren, que están pidiendo que el dólar trepe a 4,50 ó 4,80. También hay economistas que piden lo mismo. Insospechablemente, Aldo Ferrer es uno de ellos. El autor de La Economía Argentina, jura y asegura que un ajuste del tipo de cambio no impactará en los precios. Es probable que al hacer esta promesa, Ferrer no tenga en cuenta la dimensión política de la medida. Una devaluación creará incertidumbre y aumentos inevitables en todos los precios por la falta de confianza que existe respecto del gobierno nacional.

Ahora bien, en caso de que el tipo de cambio no se ajuste, los problemas son de otra naturaleza: los exportadores, especialmente los industriales, comenzarán a tener problemas para colocar sus productos. Al aumentar los costos internos y permanecer prácticamente inalterado el tipo de cambio, su ganancia se reduce notablemente a punto tal de sacarlos del mercado. Además, ya se está terminando el tiempo de la holgura fiscal, ya no quedan fondos para subsidios sectoriales masivos. Todo se complica.

De modo tal que el brillante esquema heterodoxo ha llegado a una encrucijada difícil por problemas propios del esquema, a los que ahora se le suma la crisis mundial, que trae desafíos adicionales. Pero es claro que, aún en ausencia de esta crisis, el plan K ya tenía motivos propios para la preocupación.

En cualquier caso y pese al extraordinario momento económico mundial en el que le tocó gobernar, la pareja presidencial marcha a la deriva. Carecemos de un plan económico integral para el cual, al parecer, los Kirchner están inhabilitados ideológicamente. En efecto, un programa económico integral debe convocar a los diversos sectores de la economía, principalmente al agro y la industria. Discutir con ellos y con todo el pueblo argentino, un plan económico a mediano y largo plazo, objetivos de política económica claros, definir las principales variables de la economía y establecer reglas de juego para un período prolongado, de modo tal que el mundo empresario sepa a qué atenerse.

Nacionalismo y liberalismo

Como decíamos, el chantaje ideológico que intenta CARTA ABIERTA es muy rudimentario. Es una especie de Braden o Perón para la economía aunque sesenta años después. Es un cuento infantil, que podría resumirse así: en la Argentina hay dos posiciones ideológicas. Una, que quiere un Estado fuerte que asegure el crecimiento económico y una equitativa distribución del ingreso; el otro, (los "neoliberales") que plantean una economía sin Estado, donde cada vez habrá más pobres y cada vez se concentrará más la riqueza. Además, en esta economía despiadada, se desmantelará crecientemente el aparato productivo nacional y habrá menos trabajo para todos.

Con este planteo ideológico, estamos clavados en 1945. Entonces sí la Argentina se había dividido en dos bloques de intereses antagónicos que representaban dos proyectos distintos de país. Uno, restablecer el viejo país agrario que había sido herido de muerte en 1930 y que había sido desalojado del poder por la Revolución del 4 de Junio. Esa Argentina puramente agraria, desentendida del interior, despreocupada de la industria, había despilfarrado durante décadas las oportunidades de capitalizar en el país la inmensa renta agraria diferencial porque la apropiación de esa riqueza colosal recaía en una clase agraria que no tenía necesidad de transitar el camino de la tecnificación y de una producción creciente. Era la famosa oligarquía cuya baja productividad en relación con la potencialidad de las tierras, ha sido señalada como el núcleo responsable de la parálisis económica nacional.

Del otro lado existía un frente de intereses que proponían un país moderno, industrial, basado en la expansión de la demanda interna y que se disponía a utilizar la renta agraria para apuntalar a la industria nacional en sus pasos iniciales.

Los primeros, eran liberales. El mercado, librado a sus fuerzas, no haría más que confirmar nuestras ventajas comparativas estáticas y consolidar el país agrario. Braden fue el símbolo de este proyecto en las elecciones de 1946 pero detrás de él se alineaban fuerzas políticas y sociales reales. No se trataba de una batalla ideológica sino política, claro está. Allí estaban no sólo la Sociedad Rural de Buenos Aires sino también los antiguos partidos vinculados al régimen en quiebra: los conservadores, los radicales herederos del anti personalismo, los socialistas, los comunistas.

A Perón lo apoyaron los obreros industriales, que vislumbraban un nuevo país, el pobrerío del interior, un sector de los débiles industriales nacionales, las clases medias empobrecidas, los peones rurales. Desde aquí se promovía la existencia de un estado fuerte, porque era necesario torcer el rumbo "natural" de la economía argentina, que nos condenaba a un destino puramente agrario. Era una batalla política entre el status quo y el progreso histórico.

Qué es un estado fuerte

Afirmar que el Estado debe intervenir en la economía, no dice absolutamente nada. Decir que el Estado debe ser "fuerte", tampoco. Lo que nos corresponde hacer a los argentinos de hoy es, en todo caso, definir qué entendemos por un estado fuerte y qué creemos que debe hacer el estado para que el país crezca, para que sus trabajadores mejoren su situación social y para que la distribución del ingreso sea la mejor en beneficio de todos.

El estado de los años de Alfonsín, era grande, abarcador, extenso. Pero no fuerte. Quedó demostrado que no pudo controlar las principales variables de la economía. No pudo contener la inflación, no pudo siquiera tener un presupuesto, no pudo regular, salvo por breves períodos, el precio de la moneda extranjera, no pudo establecer un programa de crecimiento. Además no pudo hacer que las empresas públicas fueran eficientes. ¿Hace falta recordar que una línea telefónica podía tardar veinte años en ser provista? ¿Es eso un estado fuerte?

En cambio, tras la Reforma del Estado implementada durante los años noventa, el estado recobró fuerza: pudo detener la inflación, pudo recaudar impuestos, pudo ofrecer a los argentinos servicios públicos eficientes.

Pero hay algo más, y es lo más importante.

Desde el campo "nacional y popular" siempre se ha criticado al liberalismo argentino por su carácter desindustrializante, porque cada vez que ejercía el poder desmantelaba la industria y volcaba todo su esfuerzo en promover las exportaciones agropecuarias. Para este modelo de país, decíamos, sobraban 20 millones de argentinos, pues la producción agraria se caracterizaba por su baja absorción de mano de obra.

Al nacionalismo inercial, Menem les ha planteado un grave problema: durante su gobierno de diez años, la economía creció un 50% y la industria, un porcentaje similar. La producción automotriz pasó de 90.000 a 400.000 vehículos anuales y hubo un boom de consumo popular estimulado por el restablecimiento del crédito, producto de la eliminación de la inflación. Durante esos años, el país quebró una larga racha de años sin crecimiento o con bajas tasas de incremento del PBI.

Este dato es esencial pero no ha sido incorporado al análisis por parte de los exponentes del nacionalismo inercial. Muchos de los críticos de las reformas económicas de los noventa, recién recobraron su voz luego de que estalló la crisis de 2001. Pero antes de eso, avanzado incluso los años noventa, reconocían muchos de los logros económicos de la década aunque realizaban críticas parciales (extranjerización de la economía, mala distribución del ingreso, crecimiento de la desocupación, etc.). Pero todos reconocían explícitamente, los éxitos logrados contra la inflación y en materia de crecimiento económico, algo que después, obviamente, dejaron de hacer.

Todos los éxitos de los noventa quedaron olvidados al estallar la convertibilidad en 2001. Aunque gobernaba Fernando de la Rúa, todos volvieron sus ojos hacia el gobierno anterior y "descubrieron" entonces que los argentinos habíamos vivido engañados, que se trató de una "segunda década infame".
Una actitud más honesta y laboriosa hubiese sido razonar por qué, durante esos años, el PBI argentino creció a tasas siderales. Pero puestos a elegir, resolvieron continuar adheridos al antiguo esquema de "nacionalismo" versus "liberalismo" y adjudicaron el estallido al programa que permitió que Argentina abandonara la parálisis y reorientara su economía hacia el progreso.

La justicia social, el empleo, la miseria

Los intelectuales progresistas de CARTA ABIERTA enfatizan su posición a favor de los pobres, su búsqueda de una mejor distribución del ingreso, de bajos niveles de desempleo.
Y eso está muy bien. Pero con sólo decirlo no avanzamos nada.

Una mejor distribución del ingreso no es algo que pueda lograrse en poco tiempo. Requiere, en primer lugar, crecimiento económico. Y aún con este dato a la vista, no está garantizada. Eso puede verse con el gobierno actual, que ha gobernado en condiciones excepcionalmente beneficiosas para el país, sin embargo no ha tenido logros en materia de combate a la miseria, ni mejoras en la distribución del ingreso.

Los años noventa fueron un tiempo en que la economía argentina incorporó tecnología en todas sus áreas. A diferencia de otras épocas, el aumento del producto bruto no significó una disminución de la tasa de desocupación. La producción automotriz se multiplicó por cuatro con sólo el diez por ciento de personal adicional.

Se trata de uno de los desafíos más importantes de la época. No han sido pocos los economistas y pensadores que han estudiado el fenómeno. Pueden leerse con beneficio los libros de Jeremy Rifkin (El fin del trabajo) y de la francesa Viviane Forrester (El horror económico). La incorporación de tecnología supone la resignación de puestos laborales. Esto ha sido siempre así pero en estos años se ha planteado en forma dramática. La imprescindible incorporación de tecnología constituye uno de los grandes desafíos de la época pues, al menos inicialmente, impacta sobre la tasa de desempleo. En su último libro (El Capitalismo periférico, 1981), Raúl Prebisch se ocupa del problema y concluye que la nueva realidad creada por la innovación tecnológica, genera diversidad de nuevos empleos que sustituyen a los anteriores, generados por el nivel anterior.

El combate contra la miseria, la desocupación y la lucha por una mejor distribución del ingreso sólo es posible en un país que consolida su crecimiento, que difunde los frutos del avance tecnológico y del trabajo de sus habitantes. El estancamiento económico sólo distribuye la miseria.

Al comenzar los años noventa se había llegado a una situación límite en otro aspecto: las empresas públicas, los organismos del estado, las administraciones provinciales estaban cargadas de personal de baja productividad. El Estado oficiaba como un seguro de desempleo con una pesada carga sobre el presupuesto. La Reforma del Estado incluyó necesariamente un reordenamiento del empleo público con la implementación de retiros voluntarios. Esto, por supuesto, incrementó el índice de desempleo pero su aumento es más numérico que real. De todos modos, la situación previa era insostenible y no podía prolongarse mucho más en el tiempo sin un estallido.

Una de las grandes contribuciones que puede hacer un gobierno para mejorar la distribución del ingreso consiste en detener la inflación. Aquella frase de Perón acerca de la escalera y el ascensor tiene completa validez. La inflación destruye los ingresos de los asalariados y genera un clima de incertidumbre económica que siempre conspira contra una distribución más equitativa del ingreso. Un horizonte de estabilidad significa también el renacimiento del crédito a tasas accesibles y esto supone siempre mayor consumo para los sectores más postergados de la población. Hoy el crédito para vivienda es inexistente porque el programa en curso está haciendo agua en uno de sus pilares fundamentales: la estabilidad. Existe la presunción de que, más tarde o más temprano, el tipo de cambio sufrirá un ajuste importante y, en esa situación, el crédito a largo plaza desaparece.

Cierto es que el combate de la miseria y la lucha por una distribución del ingreso más equitativa no es un tema que pueda tener una solución durante uno o dos mandatos presidenciales. Requiere de políticas de estado que los sucesivos gobiernos, de uno u otro signo político, mantengan durante plazos prolongados. Un país que crece supone la generación de nuevos negocios y empresas que nacen, se desarrollan y se consolidan, que generan empleo en forma permanente y construyen una dinámica de crecimiento sólido. Cargar los presupuestos provinciales de empleados públicos de baja productividad no soluciona el problema de un modo consistente. Los índices bajan pero el problema sigue latente para los gobiernos que vienen.

Antes del impacto de la tecnología, todo aumento del PBI suponía, en paralelo, un aumento importante del empleo y una reducción de los índices de desocupación. Pero ahora el PBI aumenta sin arrastrar demasiado la ocupación. Es un desafío del tiempo que vivimos.

La crisis del campo

El nacionalismo económico cuarentista, en su inercia ideológica, continúa chapoteando en un pantano del que no puede salir si no analiza con mente abierta los cambios ocurridos en el país y en el mundo desde la posguerra, fecha en que fue elaborado el paradigma ideológico que se empecina en sostener.

Esto se ve con claridad en el problema del campo. Con intención, el progresismo plantea que la discusión estaba centrada en una discusión técnica: de un lado los partidarios de las retenciones móviles, del otro la oligarquía tradicional, mezquina, neoliberal, opuesta a una justa distribución del ingreso. Hay que elegir entre el pueblo y la oligarquía. Entre los pobres y los poderosos. Pero el sector agropecuario argentino ha cambiado, y mucho, en las últimas décadas y ya no puede encasillarse en aquel esquema perimido.

Como ya señalamos, el proyecto agrario de país tuvo cincuenta años de gloria que comenzaron hacia 1880 y que sufrió un fuerte impacto con la crisis de 1930, el proteccionismo británico, la reagrarización de Europa, su determinación de subsidiar los alimentos. En esa fecha, el poder económico vinculado al país agrario desplazó a Yrigoyen del poder y abandonó su liberalismo tradicional, ya inútil para los nuevos tiempos de crisis mundial. Introdujo un fuerte intervencionismo estatal en defensa de su proyecto político y económico. Pero su proyecto sólo podía sostenerse con el fraude electoral. Muy a su pesar, y con el amparo de la crisis mundial nació una industria nacional para abastecer parcialmente al mercado interno, una débil industria liviana surgida a partir de la inevitable protección arancelaria que buscaba equilibrar las cuentas externas.

El proyecto industrial que surge en 1943 desde el estado fundaba su crítica a la oligarquía en su improductividad, en la carencia de inversión para promover el desarrollo agrario, en el despilfarro de la potencia productiva del agro argentino. Se trataba de una clase social que carecía de los reflejos capitalistas pues no reaccionaba con mayor producción ante el estímulo de mejores precios.

Pero mucha agua ha corrido desde entonces. Por de pronto, Perón congeló los arrendamientos rurales y, con la inflación, los precios de los alquileres de campos se volvieron irrisorios. Esto obligó a muchos terratenientes a vender parte de sus tierras a sus arrendatarios, con lo cual se expandió una clase de pequeños y medianos productores hasta ese momento inexistente. También las leyes sucesorias obraron en el mismo sentido a lo largo de varias décadas.

Pero además de ello, todo el campo argentino introdujo importantes mejoras técnicas que lo ubicaron en la cúspide mundial de la eficiencia y la productividad. La siembra directa, la maquinaria agraria, fertilizantes, herbicidas, modificaciones genéticas, introducción de nuevas variedades, trabajo científico de la tierra, riego, etc. hicieron que pasaran al olvido los señalamientos de improductividad y comportamiento rentístico con que tradicionalmente se ha impugnado al sector agrario argentino. La vieja oligarquía parasitaria y despilfarradora ya no existe. Su lugar es ocupado ahora por nuevos modelos de organización rural entre los que se destacan los pooles de siembra. El apellido Anchorena ya no es representativo del campo argentino. Ahora se habla de Grobocopatel.

Pero ha cambiado algo más. Da la impresión que la teoría cepalina acerca del "deterioro de los términos del intercambio" debería tomarse un descanso. Esa idea enfatizaba sobre la necesidad de poner proa a la industrialización en tanto las exportaciones agrarias estaban sometidas a una caída permanente de sus precios relativos respecto de los productos industriales, en su mayoría importados. La irrupción de China e India ha invertido la tendencia de los precios. Y el campo se ha transformado, en este momento, en un factor clave para cualquier programa de crecimiento integral del país.

Todos, incluso el propio sector

febrero 02, 2009

Comunicado

Reunión del Peronismo disidente de Entre Ríos

El sábado 31 de enero se reunieron en Paraná delegados de los departamentos de la provincia de Entre Ríos. Dirigentes del orden nacional de varios distritos acompañaron esta convocatoria.

Con gran presencia de compañeros del interior, se debatió la posición del peronismo en la provincia y en el país.

En verdad, la esencia del encuentro se basó en LA ORGANIZACIÓN DEL PERONISMO DISIDENTE basado en la doctrina peronista y la necesidad de hacerla emerger en lo inmediato.

Hubo un acuerdo total de compromiso de parte de los dirigentes de todos los departamentos de la provincia. Se plasmó la responsabilidad de consolidar el auténtico peronismo en el lugar dónde vivimos cada uno y nos desarrollamos socialmente.

Valoramos la presencia de:

Cro Ing. Ramón Puerta, ex - gobernador de la Provincia de Misiones y ex Presidente de la Raca.
Cro Horacio Alonso, ex Secretario General de Judiciales de la Nación. Integrante de las 62 Organizaciones Peronistas
Cro Silvio Etcheum, Secretario General del Gremio de la Carne de Capital y Buenos Aires
Cra Teresa González Fernández, ex Secretaria de Estado de Cultura de la Nación.

Firman: Hector Maya - Maria Rosa Vaccalluzzo

enero 31, 2009

Panorama político nacional de los últimos siete días

Kirchner, el peronismo y la mancha venenosa

por Jorge Raventos

Desde que se inició el año 2009 Néstor Kirchner ha dedicado buena parte de su, digamos, horario de trabajo a entrevistarse en Olivos con gobernadores, intendentes y jefes políticos distritales del justicialismo. Podría enunciarse el siguiente postulado: el tiempo de la agenda de Kirchner entregado a esos menesteres crece de manera directamente proporcional a su debilitamiento. En los momentos en que la fortuna le sonreía (los precios de los commodities ascendían, las encuestas le aseguraban el respaldo de la opinión pública, la batalla con el campo no se había desplegado ni su derrota se había consumado), Kirchner empleaba sobre todo el teléfono y, por cierto, mucho menos para oir que para ordenar. Pero los tiempos han cambiado y la necesidad tiene cara de hereje.


La mancha venenosa


Ahora hasta le ha dictado una amnistía a Alberto Fernández, a quien le cascoteaba el rancho purgándole seguidores y durante semanas no le dio ni la hora: al parecer llegó el instante en que necesita otra cabeza para ver si puede revertir lo que los estudios demoscópicos le auguran para los comicios de octubre en la Capital. El peso de Mauricio Macri y de Elisa Carrió –Pro y Coalición Cívica- en el distrito porteño es abrumador, y los viejos aliados del kirchnerismo han venido ahuecando el ala. Jorge Telerman lanza flores hacia Carlos Reutemann y no descuida ni a Felipe Solá ni a Francisco De Narváez. ¿Se avecinará un reencuentro de Kirchner con Aníbal Ibarra? Las dotes de Alberto Fernández como rabdomante capitalino siempre lo orientan hacia esa fuente de agua. Pero Ibarra es una luz para la aritmética electoral y saca la misma conclusión que –salvando las distancias- vienen meditando la mayoría de los gobernadores y líderes provinciales del justicialismo: ir a las urnas de la mano de Kirchner es como perder a la mancha venenosa.


Efectivamente, los líderes peronistas de provincias no quieren saber nada con desarrollar en las próximas elecciones una estrategia nacional, inevitablemente atada a la familia Kirchner; quieren actuar con criterio local, que se los juzgue por lo mal o bien que ellos mismos hayan hecho en sus propios distritos. Quizás exagera Luis Barrionuevo cuando afirma que "un 99 por ciento de los peronistas odia a Kirchner". El asunto ni siquiera tiene esa cuota de pasión, sino más bien un cálculo frío y racional: "con Kirchner perdemos". Diagnóstico de Carlos Reutemann: "Santa Fe será un distrito muy difícil . Junto con Córdoba, son los más débiles para el kirchnerismo. Hoy no se puede salir a hablar del Frente para la Victoria en el interior santafesino. Ahora, si hablamos del Partido Justicialista, éste preserva un piso histórico del 28 al 30 por ciento del electorado. La cuestión es quién suma el otro 15 por ciento que se necesita para ganar con comodidad". Obvio: Reutemann considera que él puede ser quien sume ese 15 por ciento decisivo, pero le molesta que Olivos haya dejado trascender que lo hará como satélite de Kirchner, y sale velozmente a tomar distancia. Anticipa que no piensa competir bajo el emblema kirchnerista del Frente para la Victoria y amenaza con abstenerse de participar si pretenden condicionarlo desde Buenos Aires: "Hoy la situación es así: un 50 % de posibilidades de que me postule para senador como otro 50% de que no lo haga".


La agenda de Kirchner tuvo un espacio dedicado al gobernador cordobés Juan Schiaretti. "La reunión fue pedida por Kirchner", hizo saber el gobernador, quien también puntualizó –con especial dedicación a los medios de su provincia que le había aclarado al marido de la presidente que "el peronismo de Córdoba tiene características propias", (por cierto: los principales referentes justicialistas, empezando por José Manuel De la Sota, levantan posiciones adversas al kirchnerismo). "Vamos a defender la provincia, el campo y una ley de coparticipación. Córdoba está poniendo más que lo que recibe", agregó Schiaretti.


El titular del Pejota se vio también, entre otros, con el gobernador sanjuanino José Luis Gioja. Trascendió poco de la reunión, pero Gioja le dijo a los medios sanjuaninos que "la mejor campaña en cualquier elección, es tratar de gobernar bien, y es lo que estamos tratando de hacer en San Juan, que es para lo que los sanjuaninos nos han elegido". La misma música localista que silban otros caudillos de distrito.


Ante estas novedades, Kirchner recibe las debidas instrucciones del jefe de la Unidad Presidente de la Casa Rosada, que es su rastreador para la política partidaria, Juan Carlos El Chueco Mazzon. La fórmula, para usar los términos que emplean en los Estados Unidos es "relax and enjoy" (traducible como "relájate y goza"). En otras palabras, el consejo le prescribe a Kirchner aceptar la realidad como viene y ejercitar el control de daños. Eso se lee más o menos así: "es inevitable que los líderes de provincias tomen distancia y se autonomicen; disimulemos las divergenciasy hagamos como si fuéramos una familia unida, así el día siguiente de la elección contamos los votos de ellos como si fueran votos de la conducción nacional". Habrá que ver si esa verónica engaña a algún toro de la política nacional. Lo que es seguro es que no va a confundir a los propios jefes de distrito: ya mismo, sin esperar al día después de la elección sacan la conclusión de la llave para liberarse del cepo kirchnerista, que los mantuvo trabados durante tantos meses, está ahora en sus propias manos.

Ni piso ni techo


Esa conclusión alcanza a dirigentes peronistas que están más allá de los límites distritales. Por ejemplo, los jefes del sindicalismo. Hugo Moyano, el dirigente gremial más próximo a los Kirchner (al menos si se atiende a sus dichos públicos) dejó claro que no está dispuesto a seguir la estrategia K en materia de ingresos. Anunció que no se guiará para discutir salarios por las estadísticas del INDEC, sino por "el índice de las amas de casa". Más claro: "no vamos a aceptar ni el techo del 10 por ciento de aumentos que quieren las empresas, ni el del 15 por ciento del que habla el gobierno". Más claro aún: los gremios trabajarán en las paritarias cercanas por incrementos del orden del 20 por ciento. La cifra tiene bastante que ver con "el índice de las amas de casa".

Según un estudio del Centro de Investigación en Finanzas (CIF), 20 por ciento es la inflación prevista por la sociedad para el año que corre. El mismo trabajo señala que la "inflación percibida" por la gente correspondiente al año que termina (con datos parejos de todo el país) fue de 30 por ciento: cuatro veces más que la que midió el INDEC. "La magnitud de la brecha indica que el IPC oficial ha subestimado los incrementos en los precios al consumidor", destacan los analistas. Es claro el motivo por el cual Moyano le cree más al Indec de las amas de casa.


Aunque el liderazgo del camionero está en cuestión, uno de sus principales desafiantes, Luis Barrionuevo, admite que "en los grandes temas, que tienen que ver con los trabajadores, siempre hubo estrategias en común". Barrionuevo apunta contra Moyano porque "fue funcional a los Kirchner y se sacó la foto con ellos congelando el salario de los trabajadores", pero agrega que si este año la CGT se juega por las paritarias libres y sin techo, "si él me demuestra que está con los trabajadores, le vamos a creer". Moyano ha salido a proclamar paritarias "sin piso y sin techo". En resumen: también en el campo sindical el realismo empuja a sus dirigentes a tomar distancia de Kirchner y su esposa, la presidente.


Otros índices, más allá del salarial los empujan en ese rumbo: los índices de pobreza (personas cuyos ingresos no superan el costo de la canasta básica) han superado el 30,5 por ciento (una tasa más alta que la de dos años atrás). El país cuenta con 12 millones de personas bajo el límite de la pobreza y 4.200.000 personas relegadas por debajo del nivel de la indigencia, que no pueden afrontar el costo de la canasta básica alimentaria. Aunque la crisis endógena e importada no ha alcanzado un punto de clímax, hay analistas que estiman que si la economía argentina sigue sin crear empleo durante todo este año, unos 300.000 argentinos pasarían a engrosar las filas de desocupados, que hoy superan el millón doscientos mil.

Tranqueras adentro


El campo no ha tomado distancia del oficialismo. Allí es al revés: es el gobierno K el que toma distancia del campo. Hace jueguito para la tribuna, y produce anuncios referidos al campo sólo destinados a exhibir ante la opinión pública una presunta vocación negociadora que, a los ojos de los productores, es más bien una voluntad provocadora. Los chacareros comentan con amarga ironía que no les sirve de nada que les ofrezcan créditos para comprar maquinaria cuando el gobierno dinamita la rentabilidad con sus retenciones, sus regulaciones y sus prohibiciones. Alegan que es una broma de mal gusto prometer la rebaja de un punto adicional de retenciones por cada millón extra de toneladas de maíz o trigo que se coseche por sobre la media, cuando es obvio que este año ambos cultivos van a caer a la mitad de su producción anual por el desaliento que genera el propio gobierno con su política. Agricultores, ganaderos, lecheros están indignados porque el gobierno no sólo no los escucha, sino que ni siquiera los oye, ni oye a los asesores que podrían ilustrarlo sobre la dramática situación que vive el campo, brutalmente agravada por la sequía. De esa indignación cabe esperar un retorno a las medidas de lucha del campo, que en lugar de empezar en marzo, se adelantarán a febrero.


Los meses próximos serán escenario de esa renovada pelea del campo, de la pulseada sindical por las paritarias, del desarrollo de la crisis que ya se expresa en suspensiones y despidos, y también de las tensiones que emergen de la pura lógica política. El zapatazo lanzado por Luis D'Elía contra el jefe de gabinete, Sergio Massa, acusándolo de "lamer las botas" de Estados Unidos, Inglaterra e Israel es otra muestra de las pugnas intestinas que padece el menguado frente oficialista. El kirchnerismo ha zigzagueado entre distintas posturas: en rigor, sus definiciones ideológicas son irrelevantes; lo que lo determina todos sus movimientos, en escenarios locales o internacionales, es su objetivo de hegemonía doméstica. Como lo describió Luis Barrionuevo: "Destruyó los partidos políticos con el cuento de la transversalidad, hizo un rejunte y terminó volviendo al peronismo. Ahora está con la vieja política de la que el matrimonio renegaba, terminó necesitando de los intendentes del Conurbano y hoy los besa y los abraza en Olivos". El verdadero problema de Kirchner es que esa necesidad ya empezó a ser no correspondida.

enero 25, 2009

LA CONVERGENCIA: MODOS DE ORGANIZACIÓN

Fuera del actual Partido Justicialista ilegal dominado por los Kirchner, han comenzado a organizarse núcleos políticos peronistas diferenciados de cara a las elecciones 2009. Unos aspiran a obtener elecciones libres y reorganización en un renovado Partido Justicialista, con o sin los Kirchner que difícilmente muden a una actitud democrática que los convierta en minoría, y otros se refugian en estructuras partidarias alternativas. Se trata, en todos los casos, de construir una alternativa que constituya una mayoría antikirchnerista en el Congreso vía las elecciones de Octubre del corriente año. El antikirchnerismo peronista se divide a su vez en dos grandes grupos: el antikirchnerismo duhaldista, una continuidad ideológica más moderada de los Kirchner, y el antikirchnerismo liberal, el que verdaderamente importa a la hora de construir una novedad política.

Por una equivocada estrategia de sumar votos a cualquier precio, aún el del engaño, en la Provincia de Buenos Aires, los grupos que siguen a Felipe Solá y a Francisco de Narváez, se apoyan en un duhaldismo que, sin la billetera nacional, sólo puede prometer algunos votos, un cierto conocimiento un poco desactualizado del terreno y mucha confusión ideológica acerca de las soluciones argentinas. Más inteligentes, Jorge Macri y Diego Santilli apuntan a una verdadera renovación con el auténtico color peronista, el del cambio.

A nivel nacional, un José Manuel de la Sota prefiere aunar voluntades para el 2011, sin correr riesgos personales en el 2009. En idéntica categoría de inasible, se encuentra Carlos Reutemann, que puede ser menemista, duhaldista, kirchnerista o lo que venga, sin que le tiemble el volante. Más decidido, impulsando su propia gente, y construyendo poder de modo clásico y consistente, se encuentra Alberto Rodríguez Sáa. Apartados, pero moviendo hilos, el ya mencionado Duhalde y Carlos Menem. Del lado liberal, aliado de facto al peronismo liberal antikirchnerista, unos cuantos nombres: Mauricio Macri, Domingo Cavallo y los que pugnan por la herencia de Alsogaray y la UCD.

Lo que se destaca en este conjunto de voluntades antikirchneristas es el incipiente movimiento peronista-liberal, diferenciado de la otra oposición a los Kirchner, la radical –socialdemócrata encarnada por Carrió, Binner, Cobos y otros aspirantes del Partido Radical y del socialismo. Una pista clara para Reutemann, si decide encarar la carrera de modo cierto esta vez.

La convergencia es movimiento, en esta instancia de comienzos de año. Deberá transformarse en un movimiento con buena intercomunicación antes de Marzo y comenzar a trabajar en una presentación común en las elecciones, considerando que hay que predominar sobre la voluntad pública llevando claridad institucional.

La convergencia encarna la única idea nueva que puede reorganizar con éxito a la Argentina: peronistas y liberales con el total de la razón política, y no con la mitad cada uno, listos para ganar a todas las formas de la hasta ahora inservible social democracia, se llame ésta radical, duhaldista, kirchnerista o de Carrió.

enero 24, 2009

Panorama político nacional de los últimos siete días

La fábula de los
dos Comandantes

por Jorge Raventos


La primera vez que me engañes la culpa será tuya;
la segunda vez, la culpa será mía.
Proverbio árabe

Si se requería una prueba irrefutable del descrédito alcanzado por la palabra del gobierno, basta analizar lo ocurrido con el misterioso encuentro entre Fidel Castro y la señora Cristina de Kirchner en algún lugar de La Habana, cuando ella ya estaba a punto de dejar la Isla en busca de otro comandante. Una ola de mordaz escepticismo rodeó la afirmación de la dama de que el contacto, tardío y todo, se había efectivamente producido. Hizo falta que –dos días más tarde- apareciera una fotografía destinada a testimoniar ese instante fugaz, para que la afirmación de la presidente de la Argentina fuese reticentemente admitida. La propaganda oficial se apresuró a colgar la foto en Internet (retrato de artista veterano, esforzándose en mantener la mirada firme, acompañado por admiradora en tailleur color salmón) y hasta distribuyó un video del instante en que la señora exhibe ese esperado trofeo a sus acompañantes, ya en la ciudad de Caracas.


La moraleja de la fábula habanera dice que pocos creen lo que afirma el oficialismo y hasta la exhibición de pruebas genera sospechas. Ciertamente, el matrimonio reinante cosecha lo que ha sembrado: desde aquella célebre instrucción que Néstor Kirchner les regaló a los empresarios españoles en Madrid en una de sus primeras giras ("No tomen en cuenta lo que digo, sino lo que hago") hasta esa opera magna de la ficción que son las estadísticas del INDEC, que difunde como si fueran palabra santa, el gobierno se ha empeñado tercamente en dinamitar su credibilidad jugando al pastor mentiroso.


Hace unos días, Beatriz Sarlo comentó el tema en una penetrante columna del diario La Nación: "Las mentiras –advirtió- pueden ser prudentes o imprudentes, según sea su verosimilitud, es decir, su capacidad retórica de convencer. La de Kirchner respecto de los datos de la inflación indica que se siente desligado de un principio de verosimilitud y que, por lo tanto, puede decir cualquier cosa". En rigor, esa actitud contamina todo el relato oficial e induce a sospechar de todo, inclusive de lo que puede parecer evidente.


En cualquier caso, y para agravar la situación, la reunión de la señora de Kirchner con el Comandante Castro distaba de pertenecer al mundo de lo obvio. Ni la señora ni su comitiva, ni el jefe de su diplomacia podían dar garantías de que el encuentro iba a producirse. La lipotimia que una semana antes había frustrado el viaje original apenas alcanzaba a disimular que el viaje a Cuba en ese momento no tenía aún ningún rédito visible para la presidente: no le garantizaban su ansiada foto con Castro y además le rechazaban cualquier tratamiento público de la cuestión general de los derechos humanos, de los conculcados derechos políticos de los disidentes del régimen castrista, de la situación de los presos de conciencia y, más que otra cosa, le vedaban cualquier reunión con la señora Hilda Molina, abuela de dos nietos argentinos que reclaman desde Buenos Aires la unificación familiar.


La señora de Kirchner, que como su esposo prometió no dejar sus principios en el umbral de la Casa Rosada, se mostró más dispuesta a olvidarlos en el aeropuerto de La Habana y acató todos los silencios que le impuso el régimen cubano. Las viajera hizo difundir el concepto de que el ceremonial y la etiqueta no permitían que recibiera a disidentes políticos ni que hablara sobre el caso (o con) Hilda Molina, evidenciando así que el kirchnerismo se ata mejor a los protocolos como huésped de Castro que como anfitrión de un presidente norteamericano. Los Kirchner no tuvieron esos mismos pruritos ni ese espíritu versallesco cuando organizaron con Chávez la llamada "contracumbre" para hostigar a George W. Bush en Mar del Plata. El comportamiento reveló también que para la señora de Kirchner los derechos humanos no son un principio universal, sino fundamentalmente una consigna de uso doméstico.


Pero la visita a La Habana transcurría sin novedades apasionantes. La señora asistía a reuniones universitarias y escuchaba la charla de Raúl Castro, que en el cincuentenario de la Revolución tiende prudentemente a desplazar aquellos fervores románticos de la Sierra Maestra por inquietudes eficientistas. La señora ya había obtenido cincuenta fotos con el hermano vicario, pero le faltaba la estampita con el Hermano Grande. Los teléfonos repicaron entre La Habana y Olivos transmitiendo la angustia presidencial, el riesgo de renovadas lipotimias. Los teléfonos conectaron a Olivos con Caracas: Chávez tenía que conseguir la foto póstuma, para algo era un amigo. Al fin de cuentas, el viaje a Venezuela en la semana de la asunción del nuevo presidente estadounidense implicaba una renovada colaboración con la causa bolivariana.


Es sabido que, pese al derrumbe actual del precio del petróleo, la billetera de Chávez le sigue garantizando vara alta en el continente, inclusive con el régimen cubano. Al menos mientras sobreviva Fidel. La ayuda venezolana sigue siendo importante para la economía de la Isla, aunque la crisis la encoja y la promesa de Barack Obama de facilitar los giros de residentes cubanos en Estados Unidos y aflojar el embargo termine relativizando su importancia. Por momentos parece que esa ayuda le hubiera bastado al venezolano para comprar llave en mano algunas palancas de la política cubana, entre ellas la comunicación oficial sobre la salud de Fidel Castro.


Al parecer una gestión de Chávez ante el mismísimo Comandante terminó allanando lo que la señora consiguió en La Habana: una foto rápida tomada por un custodio del doctor Castro (la dama no pudo llevar comitiva a la cita, y menos que menos a su chasirete personal) y un texto inverosímil que el Granma publicó con la firma de Fidel, donde se misturaban comentarios sobre Obama con descripciones del vestuario de la señora de Kirchner. Misión cumplida. Ahora sólo quedaba esperar la copia en 18 por 24 y dedicar dos jornadas a hacer de partenaire del buen amigo bolivariano (el video que eterniza ese show ya triunfa en YouTube).


¿Valía la pena esa gira, en esa oportunidad, para los resultados obtenidos?


Se han oído críticas por la idea de visitar a Castro y a Chávez precisamente cuando el mundo contemplaba lo que se ha definido como el nacimiento de una nueva era en los Estados Unidos con la asunción de Barack Obama. Esas críticas son exageradas y no dan en el blanco. Es cierto que la señora debía haber viajado una semana antes y la lipotimia le arruinó el traslado; no es menos cierto que, puesto que se había producido la postergación, bien podía Buenos Aires saltearse otra semana y eludir la competencia con los acontecimientos de Washington. Es verdad, asimismo, que hay asuntos urgentes que tratar en la Argentina, como la situación del campo, sometido a la doble maldición de la sequía y el castigo oficial, o la de una industria frenada que suspende o despide operarios y los pone ante la disyuntiva del desempleo o la baja de salarios. Pero aunque la ocasión no haya sido la mejor, no es la visita la que provoca el aislamiento internacional de la Argentina, sino más bien, a la inversa, es el aislamiento lo que impulsa a esas visitas y nubla la visión en cuanto a la elección de oportunidades.


La difusión planetaria de la asunción de Barack Obama como presidente número 44 de los Estados Unidos funcionó como gran telón de fondo de las vicisitudes del viaje de la señora de Kirchner. El mundo, junto a sus propios compatriotas, le otorgó un crédito amplio al joven mandatario, americano de primera generación, hijo de un africano: se lo juzga un líder natural, que en un momento de honda crisis viene a proyectar la fuerza de los Estados Unidos con un espíritu de concordia y diálogo y un estilo seductor y moderno.

Inevitablemente ese modelo incidirá en la opinión pública de otros países, valorizando a líderes de rasgos análogos y depreciando a quienes representen estilos agresivos, autoritarios, vulgares y capciosos. Hasta un asesor de imagen de Néstor Kirchner, Fernando Braga Menéndez, subraya que "agranda la figura de Obama" la comparación con "un tipo pendenciero, desafiante y violento". Esta descripción de Braga no alude a figuras locales, claro, sino a George Bush, pero sirve como modelo general.


¿Fue útil para los Kirchner, en términos de imagen, reiterar su exposición junto a Chávez cuando la comparación con el flamante modelo Obama estaba tan a mano para la opinión pública? Puede parecer una pregunta astuta, pero en realidad se trata de una pregunta desubicada. Los Kirchner no eligen una cosa u otra: son más bien empujados por la física de la política al espacio donde su naturaleza los ubica. Pueden hablar de asuntos celestiales: de derechos humanos, de progresismo, o de justicia distributiva, por ejemplo. Pero, siguiendo la paradójica enseñanza de Néstor Kirchner, antes que atender a sus palabras, hay que juzgarlos por sus actos. En efecto, son las conductas las que no engañan.

enero 19, 2009

EL PAÍS DE LAS VACAS FLACAS

No se trata ya sólo de la escasa habilidad para solucionar el conflicto con el campo, ni de comprender cabalmente los efectos de la excepcional sequía, ni siquiera de crear una respuesta eficaz ante la crisis económica mundial. Lo que el actual gobierno argentino no puede hacer es optar por un programa global de creación de riqueza, continuando la más ineficaz tradición del peronismo, e intentando sin éxito alguno repetir la mejor de sus tradiciones, la del reparto. Ni de derecha ni de izquierda, y mucho menos peronista, el actual gobierno es la nada, una peligrosa nada incrustada en el país de las vacas flacas.

Lo único cierto es la creación de más miseria y el ocultamiento de ésta bajo la alfombra de las falsas estadísticas. Tampoco se producen novedades políticas dignas de ser comentadas, por lo cual todo escrito acerca del actual gobierno peca de redundante e, invariablemente, termina por aburrir. El único tema que apasiona es el de la retirada: si se tratará de un final abrupto o de un alejamiento suave vía elecciones perdidas. Pero ahora no es el hambre del pueblo el que dicta los tiempos; al pueblo se le han agregado las vacas que antes servían para alimentarlo. No hay quien pueda comer bien y pronto, no habrá qué comer. Con tanta gente de vacaciones, una inflación que parece haber aminorado, y un consumo que aún no se ha retirado del todo, parece una exageración describir a la Argentina en esos términos. Sin embargo, esa comienza a ser la realidad en muchos lugares de la Argentina.

Los Kirchner eligieron para la Argentina un destino miserable. ¿Es eso peronismo? No, se puede acusar al peronismo de haber repartido la riqueza y de no haber generado riqueza adicional, pero no se puede acusarlo de haber creado miseria. De haber elegido el reparto y el crecimiento acotado y controlado, sí; de inventar pobres, no. La característica del peronismo ha sido, por el contrario, la de crear ricos, la del ascenso social, la del auténtico progreso democrático en la economía.

Por lo tanto, lo que el peronismo espera es el nuevo liderazgo que sepa aunar los dos factores esenciales para lograr la grandeza de la Nación y la felicidad del pueblo: capacidad para planificar la creación de riqueza y creatividad para el reparto. No es precisamente la hora de los chantas, ni de los ignorantes, sino la de los que saben. Los que saben como pasar de las pocas vacas flacas, a las muchas vacas gordas, y llevar además el bifecito y todas las proteínas a la mesa de cada argentino. Los que saben cómo volver al orgullo del pueblo bien alimentado, sano, inteligente y estudioso. La militancia puede hacer un gran favor a los argentinos ayudándolos a tener bien claras las prioridades en la selección de nuestro nuevo personal administrativo nacional e instándolos a levantar bien alto la barra de la exigencia. ¿Qué aspirante a líder tiene hoy el mejor currículum para exhibir? Precisamos hoy, antes que nada, un pueblo que cumpla su rol de empleador con el máximo profesionalismo. El que pretende exigir a sus representantes, justamente.

enero 17, 2009

Panorama político nacional de los últimos siete días

"El campo tiene razón"
por Jorge Raventos

El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, es un hombre que mide meticulosamente sus palabras. Especialmente cuando habla de temas que pueden irritar la sensibilidad de la familia Kirchner. Hay que descartar, por lo tanto, que su frase: "Esta vez el campo tiene razón", haya sido producto de una ligereza verbal o de una improvisación. Scioli sabe que el matrimonio presidencial nunca pudo digerir la derrota política que se autoinfligió al embarcarse en una batalla con los productores agrarios y con la Argentina interior y que no ha resignado su deseo de "poner de rodillas" al campo.

El propio gobernador bonaerense, pese a su íntima reticencia, pagó un precio político en 2008 por haberse mantenido fiel a la confrontativa estrategia impuesta por Néstor Kirchner, pero avisa ahora que no está dispuesto a repetir la prueba en 2009. Scioli había marcado hasta ahora diferencias con el gobierno nacional en temas sin duda importantes, pero a los cuales en Olivos no se les asigna jerarquía prioritaria: drogas y e inseguridad. Al incursionar en el tema del campo sabe que se aventura en zona de riesgos, ya que la provincia es financieramente dependiente de la caja central. Pero es obvio que el gobernador de una provincia con el peso agro-ganadero de Buenos Aires no puede abstenerse de hablar cuando el campo, ya golpeado por la intransigencia y las políticas chapuceras del gobierno central, sufre además el desastre natural de la sequía.

Por otra parte, en el terreno del cálculo estrictamente político, es posible que Scioli haya llegado a la conclusión de que su lealtad al gobierno central no era debidamente correspondida. El gobierno nacional, aunque desconfía de Carlos Reutemann, parece predispuesto a ayudarlo con vistas a los comicios de octubre porque lo considera la única carta disponible para evitar una derrota oficialista en Santa Fé. Y si Reutemann tiene esa posibilidad es, buena medida, por haberse comprometido con el campo en la batalla de las retenciones. ¿Por qué no imitar a Reutemann en la provincia de Buenos Aires?

Las entidades rurales, tanto como muchos dirigentes políticos (inclusive justicialistas) expusieron su escepticismo ante el viraje de Scioli, que en el mejor de los casos consideraron tardío o estimaron como una maniobra táctica o un paso "oportunista". Más que imaginar maniobras maquiavélicas personales, conviene reparar en un maquiavelismo de las cosas: cualquiera sea el motivo que empuja al gobernador a diferenciarse, lo que resulta evidente es que la realidad lleva a la dirigencia del oficialismo que no quiere perder su poca o mucha representatividad a alejarse de las políticas centrales del kirchnerismo. Cada día que pasa es más evidente que el peronismo toma distancia de la familia gobernante.

Otro gobernador, el sanjuanino José Luis Gioja, que ya adelantó ambiciones presidenciales para 2011, viene de afirmar que "con los resultados de 2009 deberíamos sentarnos todos los peronistas a una mesa de consenso y redefinir qué queremos como partido". La idea de "sentarnos a una mesa" parece una propuesta obvia, ingenua, inocente. Error: en el universo kirchnerista esa moción es tan corrosiva como el ácido. Kirchner huye de las reuniones en las que todos se sienten pares. Más generalmente: huye de las reuniones. El matrimonio no citó jamás un plenario de gabinete. La propuesta de Gioja supone, en los hechos, discutir el liderazgo partidario que hasta ahora los gobernadores le reconocen a Néstor Kirchner, diluirlo en un consenso. Aunque la idea se proyecte hacia después de los comicios de octubre, difundirla hoy implica discutir ya mismo la conducción.

El espíritu de Fronda que reina en el PJ brota en múltiples lugares. Gerónimo Venegas es el secretario general de las 62 Organizaciones, dirigente de los trabajadores rurales y hombre de estrecha amistad de Hugo Moyano. Muchos observadores atentos de la vida sindical aseguran que Venegas dice en voz alta muchas cosas que Moyano prefiere momentáneamente callar. "Néstor Kirchner armó cosas fuera del peronismo que desvirtuaron su esencia –dice hoy, por ejemplo, Venegas-. Yo pretendía un presidente del PJ que hablara de los lineamientos del partido. No hay internas ni las bases participan." ¿Podrá Kirchner designar al próximo candidato justicialista? Venegas responde con un silogismo: "Si Kirchner fracasa en su intento de ser candidato, ¿cómo va a tener la fuerza necesaria para imponer a alguien?"

Venegas –como Reutemann, como Juan Schiaretti, como los hermanos Rodríguez Saa, como Juan Carlos Romero, como Carlos Menem, como Felipe Solá, como Eduardo Duhalde, como Jorge Busti- apoyó al campo en la batalla de las retenciones de 2008 y hará lo mismo este año. Que Daniel Scioli se incorpore, con su propio estilo, al club de los peronistas que piden soluciones para los productores agrarios muestra hasta qué punto Néstor Kirchner ha perdido consenso precisamente en el tema en que ha concentrado su empecinamiento.

El vacío que Néstor Kirchner ya empieza a experimentar en el peronismo es muy significativo. En sus días mejores, él edificó un sistema de poder hipercentralizado, un "Unicato", confiscando recursos del país y expropiando poder a las instituciones (cámaras legislativas, gobiernos provinciales y buena parte del sistema judicial); un dispositivo hegemónico, construido sobre la base del empleo de la caja, el disciplinamiento estricto, el manejo de la calle y la confrontación permanente.

Ese dispositivo tocó un límite fuerte cuando, a diferencia de los enfrentamientos del primer período presidencial (enfocados en sectores vulnerables o debilitados ante la opinión pública), en la nueva era de bicefalismo, con la esposa de Kirchner en la Casa Rosada, el gobierno se enfrentó con la cadena de valor agroindustrial, que no depende de los subsidios estatales, sino que –más bien- los sostiene. A partir de esa pelea perdida, el peronismo empezó a tomar distancia de una política que no só perdió el apoyo de las clases medias urbanas, sino que levantó en su contra a las clases medias rurales y amenaza con aislar al PJ de la mayoría de la sociedad argentina.

En un partido cuya vida interna no hubiera sido anestesiada, esas dificultades habrían dado lugar a un fuerte debate interno, a correcciones de rumbo. Pero puesto que la rigidez es uno de los componentes centrales del dispositivo kirchnerista, este no puede flexibilizarse sin riesgos de disolución. Está en su propia lógica interna confrontar hasta el fin.

Al comenzar 2009, el gobierno se dispone a afrontar una nueva batalla con el campo: la está provocando porque busca una revancha. Y por si eso fuera poco, parece procurarse otros frentes de confrontación: grandes empresas, bancos y medios en los que el sistema kirchnerista quiere meter la mano.

Debe afrontar asimismo la debacle social, que ya era visible durante el 2008 ("Desde 2007 para acá el hambre crece junto a la economía", sentenciaba entonces el diputado Claudio Lozano); todavía la producción no había sufrido el paráte que hoy experimenta aún sin haber tocado el centro de la crisis. Las movilizaciones del campo y las de núcleos industriales como Villa Constitución o San Nicolás son adelantos de lo que viene.

enero 10, 2009

Panorama político nacional de los últimos siete días

Entre la lipotimia
y la hipertensión

por Jorge Raventos

Un cuadro de lipotimia y anemia obligó a la señora de Kirchner a posponer su viaje a Cuba. El contratiempo fue, en cualquier caso, políticamente oportuno: al momento de su indisposición, el viernes 9 de enero, la dama aún no había recibido de su canciller, Jorge Taiana, ninguna noticia positiva (o, al menos, prometedora) sobre los trapicheos diplomáticos con el régimen de La Habana destinados a que durante la visita pudiera anunciarse algo en relación con la suerte de la doctora Hilda Molina y de su madre, dos ciudadanas cubanas que reclaman el derecho de viajar a Buenos Aires para reunirse con su familia argentina. Las autoridades cubanas han sostenido con intransigencia que la doctora Molina no puede abandonar la isla. La Casa Rosada apostó a que el giro "realista" que Raúl Castro procura imprimirle al gobierno cubano desde que reemplaza a su hermano Fidel ablandaría aquella postura e hizo saber a la cancillería cubana que la señora de Kirchner no estaba en condiciones de ignorar el tema y aspiraba a presentarse ante la prensa con alguna buena nueva. Pese a esa sostenida presión de Buenos Aires –destinada principalmente a cuidar la imagen presidencial-, el viernes 9, en vísperas de la partida de la muy amplia delegación argentina, los cubanos no habían comprometido nada sobre el asunto. Buen motivo para una lipotimia, uno de cuyos factores determinantes es el estrés.


No sólo la aparente indiferencia cubana puede alterar la tensión del gobierno. El mismo viernes 9 se hacía pública la decisión de la asamblea ambientalista de Gualeguaychú de endurecer y aun extender el bloqueo de los pasos a Uruguay. "No están ni la provincia de Entre Ríos ni la ciudad de Gualeguaychú solas en esta lucha –había afirmado Néstor Kirchner, orador ante esa asamblea, en mayo del año 2006-. La República Argentina en su rica pluralidad y diversidad está con ustedes". Ahora el mensaje del oficialismo sobre ese asunto ha cambiado notablemente. El gobierno nacional ha instruido al gobernador de Entre Ríos, Sergio Urribarri, para que despliegue un discurso duro: "Los cortes se deben terminar de una vez y para siempre". El jefe de gabinete nacional, Sergio Massa, frasea la misma melodía y, por si quedaran dudas, Néstor Kirchner lanzó a Luis D'Elía, su Ciriaco Cuitiño, a advertirles a los asambleístas que su protesta "ya agotó a toda la sociedad". ¿Qué es lo que lleva hoy a los cruzados oficialistas a objetar medidas que en su momento consideraron "una causa nacional" y a presionar a los mismos ambientalistas que hasta hace poco halagaban? Para entenderlo, conviene recordar que Néstor Kirchner vio frustrada su candidatura a la presidencia de UNASUR (el agrupamiento de estados suramericanos) por el veto que le impuso la República Oriental del Uruguay, principalmente en virtud de la conducta del gobierno argentino en relación con los bloqueos a los puentes binacionales. Empeñado en hacerse de aquel cargo honorífico, Kirchner quiere resolver el tema de los bloqueos antes de la próxima reunión de UNASUR, en abril, con la expectativa de que –allanado ese problema- el gobierno de Montevideo levantará el veto. Es cierto que Dios escribe derecho en renglones torcidos, pero resultaría más que irónico que las relaciones entre dos países tan íntimamente vinculados como Argentina y Uruguay terminaran resolviendo un diferendo de esta naturaleza por una caprichosa motivación personal.


En todo caso, habrá que ver si su tardío cambio de casaca le alcanza a Kirchner para salvarse del veto. Por un lado tendrá que vencer la resistencia de los asambleístas, que parece haber reverdecido precisamente al tomarse nota de su interesado salto ornamental. Por ora parte, el gobierno de Tabaré Vásquez ha hecho saber que espera más que el levantamiento de los bloqueos: quiere garantías plenas sobre la libertad de tránsito en las fronteras y aspira además a que la Casa Rosada levante las trabas que impiden el dragado de un canal del Río de la Plata –el canal Martín García-, indispensable para facilitar la navegación de carga.


El gobierno K inició el año 2009 agobiado por la convicción de que ha comenzado un ciclo de malas noticias. Ni mencionar las que surgen de la política, que revelan la incontenible fuga de aliados y la convicción generalizada de que se ha iniciado ya el "poskirchnerismo" (sea esto lo que sea). Aunque se les preste menos atención, los síntomas ominosos llegan desde todos los campos.


En principio, antes de sufrir la lipotimia, la señora de Kirchner había ordenado al presidente del Banco Central que postergara su informe monetario al Congreso (la Carta Orgánica de la institución obliga a rendirlo antes del fin de cada año). El gobierno trató de evitar que se debatiera en las cámaras lo que ya se debate ampliamente en los medios económicos: tanto la fuga de capitales (se estima que en 2008 salieron del país en volúmenes mayores a los de la crisis del 2001/2002: 20.000 millones de dólares) como la veracidad de las cifras oficiales sobre reservas.


Algunos distinguidos especialistas, como los doctores Agustín Monteverde y Roberto Cachanosky, sostienen que el BCRA infla marcadamente esos números no contabilizando ventas a futuro y registrando como reservas internacionales préstamos del Banco de Basilea. "Las reservas netas deducidas esas obligacione (pero incluyendo aún los fondos recibidos del BIS y las ventas a futuro) son entonces 22549 millones de dólares (45906 – 23357), lo que ya resulta inferior a la mitad de las reservas informadas por el BCRA", sostiene Monteverde, por ejemplo.


En el terreno de la producción, el paisaje no pinta menos penumbroso.Las cifras más dramáticas llegaron desde un sector que fue pilar de la reactivación de los últimos años: la industria automotriz. Aunque merced a los números del primer semestre el balance del 2008 no resultó negativo, el mes de diciembre refleja con brutalidad la nueva tendencia: ese mes la producción sufrió una caída de 47,3 por ciento, en relación a diciembre de 2007 y de 37,5 por ciento en relación con noviembre de 2008. Por su parte, las ventas de automóviles al exterior cayeron en diciembre un 41,7 por ciento con relación a noviembre y bajaron un 40,4 por ciento frente al último mes de 2007. Los pronósticos de las fábricas son pesimistas. Honda decidió postergar su anunciada instalación en Campana. Otras grandes fábricas informaron al sindicato de mecánicos que dejarán de producir los días viernes e incrementarán los licenciamientos de operarios.

Licenciamientos, suspensiones y despidos no son exclusivos de la industria automotriz. La CGT registra más de 2 mil despidos en la industria automotriz y más de 3.800 cesantías y 4.500 suspensiones en diferentes rubros del sector metalúrgico. También, los bancarios han denunciado que las entidades Financieras privadas despidieron en forma "encubierta" a más de 1.500 empleados entre septiembre y noviembre últimos. Esas cifras son parciales u optimistas, según se las mire. La Central de Trabajadores Argentinos (CTA) estima en al menos 47.418 el número de trabajadores afectados por despidos, suspensiones, adelanto de vacaciones, inestabilidad laboral y recortes de jornada. El mes de diciembre registró –según datos oficiales (poco difundidos, es cierto) - 6.517 despidos y 39.270 suspensiones, un incremento interanual de 1.800 por ciento en materia de cesantías y de 1.200 por ciento en cuanto a suspensiones, consecuencias –antes que de la crisis financiera internacional- de desatinos internos generadores de desconfianza, como la inconclusa lucha del gobierno con el campo y la confiscación de los fondos jubilatorios de capitalización. Los despidos afectan principalmente a actividades de construcción, cuero, madera, frigoríficos, pesca, textil, metalurgia y comercio.


Ese paisaje sombrío se oscurece más con la previsión de Siderar, la gran empresa siderúrgica de Techint con sede en San Nicolás, de cesantear a 2400 operarios en las próximas semanas. Los trabajadores pertenecen a los gremios de metalúrgicos y construcción y su actividad estaba pensada para los trabajos de reforma de un alto horno de fundición de la planta, una inversión que ahora será suspendida. Muy cerca de allí, en Villa Constitución, la empresa Paraná Metal, que se declaró en convocatoria y suspendió sin goce de sueldo a 1200 trabajadores, sigue ocupada por los operarios.


Luego está el tema del campo. Si el gobierno no cambia de actitud frente a los productores, desde fines del mes de febrero verá reavivarse las movilizaciones que agitaron al país en 2007. En rigor, si los vaticinios dependieran del clima que se vive ya mismo en las asambleas agropecuarias del país, habría que adelantar el pronóstico y asegurar que el conflicto estallará mucho antes. Si eso no ocurre es porque las conducciones de las entidades están tratando de tranquilizar los espíritus y, en algunos casos (como en Entre Ríos), están procurando que la protesta no perjudique al turismo y los servicios en esta época más o menos propicia del año. En La Pampa,los productores ya se hicieron ver y oir el sábado 3: protestaron de a caballo al paso de la primera etapa del rally Dakar 2009, que concluía en Santa Rosa.
La atmósfera de las semanas y meses próximos acaso sea menos pintoresca, y la protesta se torne menos festiva.


Conviene tomar en cuenta estos hechos, porque el 2009 político - electoral seguramente estará determinado por los acontecimientos de un 2009 económico y social, que producirá lipotimias o hipertensiones.

enero 05, 2009

LA CONVERGENCIA MÁS TEMIDA

Hay algo nuevo gestándose en la profundidad de la política. Mientras los Kirchner se ufanan de su expansión propagandística en Internet -¡si sólo tuvieran algo interesante para comunicar!- la política real se va organizando bajos sus narices sin que siquiera lo perciban. Ocupados en dividir a la oposición, transando en la aceptación de una pequeña minoría de derecha y engrandeciéndola, o consintiendo la crítica republicana de Carrió porque les permite ganar tiempo y eludir la oposición económica, poco pueden hacer frente a la oposición real del pueblo argentino que reclama más institucionalidad pero, sobre todo, más inteligencia en la economía y en la distribución.

El pueblo argentino aparece aún, sin embargo, dividido por su arrastre histórico, y en consecuencia, los líderes de las diferentes corrientes históricas, avanzan entre escollos cognitivos todavía no resueltos y proceden con cautela en la creación de una fuerza política única, temerosos de ir más rápido que el electorado. La vieja disyuntiva liberalismo o peronismo pareció zanjada en los 90, gracias a la acción conjunta de Menem y Cavallo, y sólo la reacción del peronismo más atrasado y menos imaginativo ayudado por las izquierdas igualmente regresivas, detuvo lo que se iba construyendo como el desarrollo óptimo para la Argentina. El pueblo, a pesar de los pobres resultados que hoy vemos, comparados con el progreso de los 90, duda acerca del sistema que le conviene, anclado en los problemas que durante esa misma década no se pudo resolver. La vieja disyuntiva ideológica lo atrapa como una red de la cual no puede salir sin darse cuenta aún de que la respuesta no está en la oposición de los antiguos antagonistas sino en su conjunción.

¿Quiénes crearon riqueza en la Argentina? Los liberales. ¿Quién enseñó a repartirla? Perón. Hoy, después de la pésima y engañosa gestión de un mal peronismo encarnado por Duhalde y los Kirchner, la Argentina vuelve a precisar lo mismo que precisaba en la era post-Alfonsín: creación de riqueza y reparto inteligente. La conjunción peronista- liberal o liberal- peronista es la respuesta obvia. El pueblo argentino, por razones de salud, ya nunca más debería separar esos dos términos: en el siglo XXI no hay liberalismo posible que no sea además peronista ni peronismo posible que no sea además liberal.

Las tradiciones unidas, en el mismo sentido de protección de la Nación y del pueblo - la guerra civil de integración democrática terminada- y una sólida y exitosa experiencia histórica de las dos parcialidades, la del crecimiento y el progreso y la de la justicia social, son el basamento teórico de lo que hoy, sin demasiado ruido, se está construyendo como la única alternativa para reorganizar la Argentina. La potencia de la verdad es lo único que, finalmente, hace historia.

enero 03, 2009

Panorama político nacional de los últimos siete días

Las fuerzas centrífugas
por Jorge Raventos

Escrutado desde el mirador de el Calafate, al iniciarse el 2009 el país parece un aula alboratada y en desorden, donde ya luce improbable que el Gobierno restablezca la añorada disciplina de los primeros años K. El bullicio se ha generalizado tanto que hasta los silenciosos se han lanzado a hablar. Carlos Reutemann inauguró el año con declaraciones no por parcas menos elocuentes: se anotó en el largo listado de aspirantes potenciales a una candidatura presidencial en 2011. "Esta vez vale la pena pensarlo", arriesgó.

Es cierto que hasta la encrucijada de las presidenciales restan más de mil días -una eternidad-, pero en El Calafate, quizás por hipersensibilidad, no desprecian el lenguaje simbólico, interpretan y hasta sobreinterpretan los signos políticos.Y saben que, más allá de que concrete o no eso que sonó como una promesa reticente, lo que Reutemann está refirmando es que en 2011, más allá de los formalismos que lo tienen como presidente del Partido Justicialista, Néstor Kirchner no sólo no podrá sostener una candidatura propia ni una de su círculo familiar, sino que ni siquiera estará en condiciones de definir la fórmula del PJ.

El senador por Santa Fé no es el primero ni el último de los jefes provinciales (odestacados líderes de distrito) peronistas que declaran o insinúan su aspiración presidencial: José Manuel De la Sota, Mario Das Neves, Juan Carlos Romero,Alberto Rodríguez Saa, Felipe Solá ya han confesado esa ambición; el sanjuanino José Luis Gioja, el salteño Juan Manuel Urtubey, el chaqueño Jorge Capitanich podrían ser los próximos. Y no hay que olvidar a Daniel Scioli, que orejea cautamente sus naipes en la siempre decisiva provincia de Buenos Aires.

Cada nombre que se agrega a esa nómina es una señal más de que el sistema de poder del justicialismo toma distancia del proyecto kirchnerista, se distancia de su estructura de autoridad. Los Kirchner, que en sus momentos de más fuerza y más caja habían conseguido, si no adquirir, al menos alquilar el manejo del Partido Justicialista y someter a sus estructuras locales, cada día ven reducirse más vertiginosamente el alcance de su dispositivo, que hoy no tiene demasiado más que los cuadros reclutados en "la pingüinera" de Santa Cruz, y algunos otros cooptados a partir del 2003, como el responsable de las estadísticas falsas, Guillermo Moreno, o el encargado de la inseguridad, Aníbal Fernández.

El vacío alrededor de los Kirchner se ensancha, en parte por decisión de quienes toman distancia (hasta un personaje del riñón mismo del kirchnerismo, como Alberto Fernández), en parte por la devoradora desconfianza que crece en Olivos y la Casa Rosada (y que se potencia en los retiros calafateños), que conduce a la familia presidencial a apartar a quienes consideran tibios o vacilantes para colocar en reemplazo a aquellos que juzgan duros e incondicionales. El último ejemplo fue el cambio de Cludio Moroni por Ricardo Etchegaray en la cima de la AFIP y el inmediato úkase con el que este liquidó a la cúpula técnica del ente recaudador. Moroni es un amigo de Alberto Fernández.

El diagnóstico estratégico que prevalece en el bunker kirchnerista define como prioridad política homogeneizar y consolidar su frente interno para afrontar lo que estiman es una batalla decisiva: la sobrevivencia del proyecto en el año electoral que se ha abierto. Por ello es probable que se produzcan nuevos reemplazos (aunque un límite del kirchnerismo es la escasez de cuadros políticos y técnicos) y que se intensifique la presión para disciplinar a los que ahora son juzgados como demasiado dubitativos.

El pronunciamiento de Reutemann, aunque parece referido al 2011, apunta a un objetivo más cercano. Una santafesina que supo acompañarlo políticamente y ahora trabaja en una secretaría de estado provincial con el gobernador socialista Hermes Binner –la dirigente de Pampa Sur, María del Carmen Alarcón- estimó que "lo hace solamente por la elección el año que viene en Santa Fe y su postulación como Senador, porque sabe que esta perdiendo con Binner y Giustiniani, por estar asociado a los Kirchner". Es probable que la señora Alarcón no se equivoque en ese sentido: Reutemann necesita tomar distancia de Kirchner rápidamente para recuperar chances en la elección de este año.

En similar situación se encuentran otros dirigentes justicialistas del país. Algunos buscarán exhibir independencia con estilo análogo al de Reutemann, otros, en versión propia de la teoría del desacople, están tratando de que los comicios de octubre sean considerados en sus distritos como una elección de corte exclusivamente local, donde la gestión y la imagen del gobierno nacional no sean juzgadas ni, en lo posible, mencionadas. En cualquier caso, lo que está operando es la ley de hierro de la centrifugación: el kirchnerismo expulsa a quienes hasta ahora había podido retener como aliados.

La dispersión política se suma a las dificultades económicas, consecuencias de un comportamiento imprevisor. Los ajustes que el gobierno no quiso hacer en tiempos de vacas gordas, se precipitan forzadamente ahora, cuando arrecia la crisis, el país carece de crédito, los mercados externos se estrechan y la desconfianza se extiende.Aunque la confiscación de los fondos de la jubilación privada y otros arrebatos le prometan al gobierno algún sosiego financiero, lo cierto es que la economía ya da señales claras de repliegue. Pese a las presiones oficiales sobre las entidades que representan al comercio para que vendieran una "imagen positiva" de las ventas de fin de año, las cifras reales reflejan la caída del consumo en diciembre. Y el turismo sigue por la misma senda. Las encuestas registran la creciente preocupación de la opinión pública por el tema del desempleo, un asunto que tiende a igualar a la inquietud por la inseguridad. Con realismo, la sociedad estima que a los problemas locales que ya se expresan en suspensiones, despidos y crecimiento de las cifras de pobreza e indigencia, se agregarán en las semanas y meses próximos los efectos de la crisis global, que todavía no se notan seriamente en el país.

No sólo en el plano político se vive la centrifugación.